lunes, 11 de marzo de 2013

Más feo que el silencio o al menos menos bello


Vuelvo otra vez a lo mismo: ganas de escribir, pero sin tener ni la más mínima idea de qué quiero escribir, sobre qué, sobre quién incluso.Es algo que tiene que estar, incluso en la forma d la partícula más diminuta, porque es un punto de partida necesario; no importa si luego no se sabe a dónde se va, no importa el derrotero, siempre y cuando se comience, se de el primer teclazo, se tenga una idea apenas audible pero presente que de inicio a la escritura. En este caso, como dije al principio, vuelvo a lo mismo: a escribir sobre el hecho de que no sé qué escribir. Creo que es la tercera o cuarta vez que me pasa en los últimos días, o semanas, no me acuerdo. Puede que no sea nada, pero para mí es mucho, considerando que no he escrito casi nada en meses. Bueno, la verdad esto es nada. Nada es nada. Bah, me fui al carajo ya. Hora de divagar… mucho más.


- ¿Qué quiere usted decir?

- ¿Decir con qué?

- Con que es hora de divagar mucho más, así, con los puntos suspensivos.

- Pues de que he comenzado divagando y de que, pese a la futilidad del asunto, más vale divagar más, con tal de escribir.

- Sí, bueno, pero ¿para qué hace lo posible por escribir?

- Para no callarme, loco, para no quedarme en silencio.

- Pero si como dice el dicho, si no tienes nada más bello para decir que el silencio, mejor no digas nada, ¿no sería más adecuado callar? ¿No sería más bello?

- Quizá sí, pero es que yo soy feo y terco.

- ¿Y eso qué?

- Pues que mis palabras son feas y tercas. 

- Tampoco se de tanto látigo...

- No, no es que sea algo malo o algo que no me agrade... la cosa es que se, o más bien tengo la fuerte impresión de que lo que estoy escribiendo ahora no es más bello que el silencio, y más aun, que tiende mucho hacia lo contrario. Y como soy terco prefiero llenarme de fealdad, que al menos es acción, a ser bello y quedarme quieto. Entonces, como lo más adecuado es callarse, busco hacer lo contrario.

- Ah, veo… así es usted, imagino que irá a decir.

- Si, así soy, quizá la razón sea más compleja, espero que lo sea, pero sí, así soy. ¿Cómo supo que yo iba a decir eso?

- Simple. Usted escribe ambos diálogos. En algún momento tenía que ponerse de acuerdo para acabar con esta vaina e irse a dormir.

- Sí, tiene razón, no me esforcé demasiado esta vez por hacer dos voces o al menos dos modos distintos de mí que pudieran separarse y establecer diálogos. Quizá es capricho. Quizá se me acabó la energía o el interés y preferí no meter misterios bobos, ir al grano y cerrar esto de una.

- Entonces estamos de acuerdo…

- Sí, estamos de acuerdo, por más raro que suene ese estamos. Ahora, la cosa es tratar de lograr un punto de conclusión, para que esto no quede como en las nubes. ¿Qué propone?

- Uhmmmm…

- ¿Uhmmmm qué?

- Espere. Uhmmmm…

- Uhmmmm… espero…

- Ya. Sencillo. Con esto logré mi cometido.

- ¿Con qué?

- Pues con toda esta perorata. Ponga cuidado, está como elevado.

- Lo siento, debe ser el sueño.

- Entonces es hora de ir a dormir, ya la hora de divagar pasó.

- Entiendo… qué bien, no hablé de nada, ¡qué extraño orgullo…!

- Tampoco es que no haya hablado de nada. Mire, habló de…

- Sí, ya se, un par de temas, como el volver a usar formas desesperadas de iniciar la escritura, que más vale escribir por escribir que dejar de hacerlo, aun cuando el hecho mismo de escribir por escribir sea algo inútil y que no lleve a ningún  lado, o que no aporte nada a algo más serio, pues de todos modos el texto queda, se puede revisar, se pueden encontrar pequeños rastros de luz entre tanta mugre, y que eso vale en cuanto a que por más distraída que haya sido la escritura, fue trabajo hecho, fue materia prima que fue creada a partir de lo mejor y lo peor, lo más precioso y lo más flojo de mí, que existe al menos como idea puesta en palabras y no como idea flotante, sin asidero… y que no existiría y no habría nada que comenzar a explotar si no se hubiera escrito por escribir… y por eso no fue un trabajo en vano.

- Uy. No se si habló de tooodo eso antes, pero…

- Qué importa. La tarea está hecha. Vámonos a dormir, ¿Sí?

- Vale, no hay problema, pero usted se queda aquí.

- Bueno. ¡Hasta pronto, muchacho!

- ¿Así, sin chistar?

- Sí, no me importa. Total, a la próxima se queda usted, así que ojo.

- ¡!

sábado, 9 de marzo de 2013

Marzo 8



- Aunque quiera negarlo, me di cuenta de que hay algo dentro de mí que añora tener una familia: mujer, hijos.

Una de las escenas que más me cautiva en cualquier sitio es la de una madre interactuando con un hijo pequeño. La forma en la que lo alza, le hace gestos alegres, lo cuida, satisface sus necesidades: todo eso llama mi atención instintivamente. Hasta ahora me parecía que había algo oculto y maligno en esa atracción, pero leyendo lo que he escrito, y dándole la mirada de psicoanalista que se me impregnó acá en Argentina, me doy cuenta de que en realidad lo que late es un profundo deseo de pertenecer, un anhelo más que un desprecio, como tanto quise creer.

- Hoy fui al instituto. Siento que tengo que terminar ahí; es mi única salida de este país. Fui con pocas perspectivas. Necesitaba un discurso para evitar el pago de la matrícula anual y no tenía nada preparado. La improvisación no es lo mío. Me vi frente al instituto sin ninguna idea de lo que quería hacer o decir, ni siquiera estaba del todo seguro de querer entrar.

Timbré. Sonó un zumbido y abrí la puerta. En la escalera me dije: “Cuánto tiempo”.

Abrí otra puerta más y allí estaba una rubia que trabajaba ahí. Tan pronto me vio me reconoció (“¡Volviste!”) y entonces me saludó de beso.

Qué detalle tan nimio, pero hay que ver cómo resalta en el contexto de mi parca y mínima vida social. Ya me han saludado/despedido así antes: protocolo. Esto fue distinto. Acúsenme de elaborar demasiado (pecado persistente en mí), pero es así:  ya desde el año pasado había algo, me hablaba con cierto entusiasmo (Bah, era amable nada más), me advertía por mi constante atraso con los pagos (era su trabajo), siempre sonriendo (es una persona alegre).

Oh no. Hay algo ahí, lo intuyo. Generalmente me doy cuenta de esas cosas, aunque nunca sé qué hacer al respecto. Es algo que nunca me enseñaron, es una grave carencia. En la manada los machos cacarean y baten sus plumas, entonan cantos y se golpean el pecho, bailan alrededor de la hembra y se exhiben. Yo soy un animalito flaco y silencioso, que se mueve por ahí, buscando sombra y tranquilidad. Soy cojo, ciego, débil, torpe, callado, ingenuo y deforme (ya hablare de esto último otro día). No. No creo que vaya a aparearme jamás.

De modo que ahora estoy sujeto a esta curiosa ensoñación. No sé de qué ridícula manera ese simple gesto en el saludo me ha dejado excitado (en todos los sentidos en los que se pueda interpretar esa palabra). Como siempre, fue bastante diligente para ayudarme. Le comenté que tenía un problema de horarios y ella me anotó las alternativas para organizar mi estudio. Qué manos tan bonitas tenía. ¿Culo? ¿Tetas? No sé, no me he fijado en eso; su entusiasmo es suficiente atractivo para mí.

Evidentemente, no me insinué ni dije nada fuera de lo estrictamente necesario. Incluso empecé a tartamudear a la hora de hablar de mi horario. Y me despedí como si nada. La única forma de actuar que tengo es esto, escribiendo. Pero aquí estoy solo y a nadie le importa.

Oh, detalle cursi: conservo la cartulina en la que anotó sus cosas. Su letra. Si fuerzo la imaginación puedo creer que es una carta de amor.

jueves, 7 de marzo de 2013

Esta vez sí lavé los platos


Tenía muchas ganas de escribir, pero se me fueron un poco luego de lavar los platos. No es que no me guste lavar los platos. De hecho, a veces disfruto quitando la grasa de los cubiertos, los vasos, las ollas y todas esas cosas, el contacto con el jabón, las burbujas que salen cuando la esponja entra en un vaso, la sensación en las manos frías y frescas luego de hacer el oficio y secarme. A veces hasta aprovecho para pensar; un amigo comentaba hace muchos años que si en una fiesta había que lavar los platos, él podía hacerlo con mucho gusto, porque siempre aprovechaba ese momento para pensar, era tiempo gratis, por decirlo de alguna manera. Y le hallo mucha razón en ello, ahora que yo también suelo hacerlo. Pero lavar los platos tiene sus peros: a veces la grasa y la mugre no es fácil de quitar, a veces hay mucho aceite y me desagrada el que no se me quite de las manos hasta que, tras mucho esfuerzo y espuma, logro quitarme la sustancia de mis dedos, pero entonces sigue el problema del  jabón de loza en las manos, y a veces tengo que ir al lavamanos y quitarme los restos con jabón de manos, hasta que mi obsesión por las manos limpias se calme. A veces la espalda me duele de tanto estar encorvado… es cierto que tengo que mejorar mi postura, pero es que casi cualquier lavaplatos que he usado es muy bajo y tengo que agacharme un poco, pues si no lo hago no alcanzo los platos, y como a veces puedo tardar más de 20 minutos en el lavaplatos dándole a las manchas, el dolor aparece pronto. Otro problema es cuando me enfrento a una lavada de loza sin una buena esponja, escaso de jabón, con un lavaplatos pequeño o con un lugar incómodo para ir acomodando las cosas que voy lavando. Eso me irrita mucho, y hace que me de pereza comenzar.

Bueno, en realidad me da pereza comenzar muchas cosas, soy muy flojo. O me he metido en la cabeza que lo soy, tal vez. ¿Por qué habré hecho eso? ¿De qué quiero evadirme? ¿Acaso no quiero dinero?

Últimamente pienso en cuánto aborrezco el dinero, en que todo se mueve bajo su influjo, y que la gran mayoría de las cosas que necesita o quiere la gente están mediadas por esa cosa. Y más recientemente me di cuenta de lo mucho que pienso en el dinero, aun cuando sea en contra de éste. Es un fastidio a veces pensar así. pero es que mi verdad es esa, no me gusta vivir en función de la plata, no me gusta, no quiero, a pesar de que este mundo ya está configurado para que mi no querer sea prácticamente imposible, no, no quiero… quizá eso es lo que ha hecho que, a propósito, últimamente ande sin un peso. Pero bueno, esa es otra cuestión, con la que francamente no quiero explayarme mucho por aquí. O quizá sí, pero no sabría qué decir luego de un par de líneas. O de pronto es la pereza, que vuelve a cada rato.

Se, o supongo, que tanta pereza física y de algún modo espiritual no me va a llevar muy lejos. Pero por ahora no importa mucho: no se a dónde ir (bueno, geográficamente sí, pero a esto no me refiero). De manera que si bien es bueno ir dejando la desidia en el camino, no pretendo darme mucha prisa. O al menos ahora digo eso. Espero que no sea muy tarde cuando levante la cabeza de la almohada y mire, espabilado, en qué me estoy convirtiendo…

miércoles, 6 de marzo de 2013

Manifiesto del escritor nocturno


Puede parecerte que soy un vago que se despierta a mediodía, que duerme demasiado. Pero por favor entiende: soy un ser nocturno. Yo soy quien cuida tu sueño, quien se mantiene vivo mientras todos caen en su pequeña muerte de todos los días. Yo soy quien mira por la ventana y siente al mundo descansar, yo soy quien va a avisarte si el planeta decide colapsar de noche. Yo soy quien vigila y quien se mantiene alerta. Si algo pasara: si un aparato se incendiara, si un ladrón entrara, si alguien quisiera hacerte algo, yo lo impediría, yo estaría allí para protegerte. Me importas y no quiero que te pase nada malo.

Yo respiro noche y silencio; la actividad del día me fulmina. Si me despierto a mediodía, a veces a las tres de la tarde, no lo hago por flojo; es porque he peleado, porque he tratado de hacer magia, porque he dejado mi alma, mi sangre, mi amor en un escrito, en palabras que seguramente después no me van a servir para nada o que yo mismo voy a despreciar. Pero lo hago, una y otra vez, porque sé que estoy destinado a eso. Es la única certeza que tengo. El caso es que estos trances, esta pelea frente al computador, esta exploración de mi espíritu, es demasiado… como una quimioterapia: quedo acabado, descompensado. No físicamente (aunque esto de ser escritor tiene sus rigores físicos: comes poco, duermes mal y vives en sitios feos, tienes que aguantar, sobrevivir, pelear, mantener el fusil, como en una guerra); quedo espiritualmente abatido, postrado. Necesito descanso: duermo durante el día, porque la luz del sol no me da nada.

¿Crees que quiero ser famoso?, ¿que busco aplausos y reconocimiento? Oh, sería agradable, me haría sonreír por un momento, pero no es mi naturaleza ni mi objetivo. ¿Crees que quiero vender?, ¿que me recuerden? Antes sí. Ahora es diferente, ahora quiero, o más bien necesito, entenderme, de eso se trata todo. Veo un tipo que escribe una novela ambientada en no sé qué época. Muy bonito, todos la alaban, la admiran, pero no me parece. En esto, si quieres ser verdadero, o si quieres alcanzar algo de verdad, tienes que estar dispuesto al sacrificio casi absoluto. Y por sacrificio me refiero a revelarte y poner tu alma en lo que haces: no armar historias bonitas en las que no apuestes tu sangre y tus lágrimas. Puedes apostar sudor, pero siempre sabe mejor la sangre, créeme.

Veo gente que trata de sostener una doble vida, que se aferra a la tabla de salvación de un trabajo, una rutina, una paga. ¿Crees que ese es mi ideal? Hace mucho que quiero destruirme, hace mucho que estoy en conflicto conmigo mismo. No. Ese mecanismo de preservación no va. Esto es una religión. Por suerte cuento con un maestro que lo ve como tal, que entiende este asunto así. Es un credo particular, en el que te flagelas y haces votos de pobreza. No importa: se trata de tener contacto, aunque sea por un instante, con la verdad del universo, con un pequeño secreto que te dé algo de luz. Y si luego cultivas esa luz y la mantienes despierta has hecho algo bueno, has sido literatura, aunque sea solo para ti; y si luego puedes predicar la palabra e irradiar esa misma luz, eres un ser más avanzado.

Yo ya escribí, yo ya me entendí. De todos modos todavía necesito hacer manifiesta esta verdad. No depende de mí ni es mi vanidad; es para lo que fui escogido y está por encima de mi voluntad. Que se venda o no, que se lea o no, no importa: ya habré cumplido mi misión.

“¿No quieres dinero?”. No. “¿Fama?”. No.

No rechazo eso, pero no son mi propósito. Yo estoy loco y no me da miedo morir en nombre de algo superior, de una fe. Creo en esto que estoy haciendo, aunque a veces no parezca, y estoy dispuesto a morir si es lo que me pide. Comer poco, dormir mal, estar triste, estar solo, no saber qué es el amor: para todo eso me he ido preparando, para todo eso tengo una firme cabeza. Eso sí que no me da miedo. Me da miedo hablarle a una mujer que me gusta o a un desconocido, me da miedo hablar por teléfono, me dan miedo las alturas, pero no me da miedo apostar mi vida. Quizá sea coraje, quizá sea estupidez, insensatez, autodestrucción.

lunes, 4 de marzo de 2013

No sé por qué me entristece tanto la cotidianidad (...)



No sé por qué me entristece tanto la cotidianidad, como si yo pudiera escapar de ella, como si yo tuviera alternativa frente a su vengativa e ineludible presencia. Siempre que salgo a caminar se me aparecen distintos paisajes que son ella misma, está por todos lados, me acecha por donde quiera que vaya, pero sobre todo, me duele cuando husmeo al caminar entre las ventanas abiertas de las casas. 

A veces aparece en forma de un anciano que escucha la radio y ceba mate en la sala, al fondo veo su patio mohoso en el que vive internado los días que aún le quedan. Cuando paso de regreso por su ventana todo sigue igual, como si mientras yo vivía la vida el anciano hubiera estado ahí, detenido en el tiempo, como una fotografía. En las paredes de su sala se pueden ver algunos retratos a blanco y negro con su esposa y sus hijos ¿Aún vivirá la esposa? 

Otras veces aparece en una mujer acostada en el sofá, evita ver como se le va la vida pegada al televisor, reconozco el acento colombiano o mexicano que proviene del aparato, debe soñar con esos amores imposibles entre ricos y pobres que son el pan de todos los días en las telenovelas. La mujer gira la cabeza y me mira, yo volteo la cabeza hacia otra parte y continúo mi camino, pero sigo pensando en la vida, en ella, en la cotidianidad que le ha tocado (¿o habrá elegido?).

También la veo representada en muchas familias que conozco, intentan sobrellevar la vida con la fuerza de la unión, se reúnen en la sala, tienen el televisor prendido y hablan entre ellos después del almuerzo, todos han ido a visitar a sus padres y cómo cada domingo se “sorprenden” de los milímetros que creció el sobrino, o de como ha enloquecido el clima en los últimos tiempos, cuando no están  tratando de permanecer despiertos; de sobrevivir a las mismas historias de juventud que cuentan los viejos. A la noche todos se van aliviados, hubiesen preferido pasar la tarde en otra parte, con los amigos, en la cancha o hasta en un parque, pero los viejos ya son viejos y nunca se sabe; por eso van cada domingo, pesarosos.

Pero no es la cotidianidad lo que me entristece, es el tedio, la nada, ese disfraz que acompaña a todos las acciones humanas y que por suerte no podemos ver en nosotros mismos como lo vemos en los desconocidos; su vida parece no importarnos y toda se cubre con una espesa capa de densidad, de tedio.

Pero como frente a fuerzas tan grandes no puedo hacer nada, yo sigo caminando por las calles y cuando miro por las ventanas vuelve una y otra vez la melancolía, esa que sé, me espera en alguna parte, quizás ya esté en mi casa ahora mismo o aquí, caminado conmigo mientras miro por las ventanas.

Masitas para el té


El título… no quiero explicar el título, por el momento es suficiente con que lo entiendan quienes lo tengan que entender. Es como una broma privada, o no tanto así, pero sí algo que está velado para los que no tienen mi contexto a la mano (sin embargo, si alguien quiere preguntar, que lo haga, que luego yo le explico... o quizá lo haga después, sin que me lo pida nadie). Solo digamos que el título es una forma de darme a entender que a veces meter las patas en el agua y luego el resto del cuerpo, y mojarse un rato con la ropa puesta, y agarrar un resfríado, y andar mal unos días y luego mejorar, y volverlo a hacer, y luego sentirse como un pelotudo pero solo por un momento… ahhh, sí, la escribí, nunca pensé que lo haría, pero usé esa palabra, esa que tanto había preferido evitar en mis escritos, solo por el hecho de que no es mía, de que no la siento mía… es como que no tengo permiso para usarla o quiero pensar que no tengo permiso para usarla, pero como me creo la farsa de la prohibición la uso, para demostrarme que no siempre tengo que ceder y puedo salirme cuando quiera de los cueros, sí, o al menos usar palabras que en mi hablar son escasas y con las que no me siento cómodo pero que de vez en cuando quiero usar. 

Pelotudo… pelotudo… no me gusta que me digan así. Creo que a nadie. Pero admito que me parece, a ratos, una palabra chistosa. Sobre todo si se dice con una buena entonación, con un buen acento. A Luca Prodan se le escuchaba con toda la gracia del mundo. A otros también, pero en este momento solo recuerdo a Luca diciendo: “tienen que votar a un pelotudo” como respuesta a algo que le preguntaron (y de lo que no voy a hablar aquí, que más bien quien quiera que escuche por acá)... Lo que me hace gracia es esa forma de pronunciarlo, esa imperceptible pausa que pone antes de pronunciar la P, la fuerza mínima pero necesaria que le imprime a la primera sílaba, en fin… una palabrota bien pronunciada que me saca una sonrisa de pelotudo, ja ja ja*. es que sí, sonrío como pelotudo, no como bobo, no como tonto, como pelotudo, cada vez que oigo a alguien pronunciar esa palabra con propiedad, con entusiasmo, con desparpajo pero consciente del significado que le está dando en su momento… quizás porque puedo leer cosas en ese momento de quien las dice, sobre sus intenciones, no se, sobre algo que está al ladito… en fin, basta de eso, que igual esa palabra sigue siendo ajena y prefiero que lo sea… así me sigo riendo cada vez que escuche un buen uso de ella…

Me duele una pierna. Cuando hace frío, comienza el dolor, y tengo que frotarla para hacerla entrar en calor, aunque no siempre la molestia se me quita haciendo eso, o más bien sí se me pasa pero no siempre se me pasa pronto… es algo molesto, pero es algo con lo que tengo que vivir, y a la larga es algo más o menos tolerable… No se si lo que me pasa en la pierna (que suele ser la izquierda aunque recuerdo un par de raras ocasiones de molestias con la derecha) lo haya mencionado antes. Tal vez sí lo haya escrito, solo que en mi diario. Tengo un diario, aunque es injusto llamarle así, ya que no lo uso todos los días. ¿O sí se puede? En fin, que ese diario es algo que tengo para mí, pero del que a veces saco cosas para este espacio. Cuando tengo algo que me llama la atención, lo saco, lo baño, lo acicalo y lo meto acá. Sería bueno volver a esa costumbre. Necesito más masitas para el té. al menos en la vida real me gustan mucho.

Ah, una última cosa: a propósito de esto del diario, creo que no he mencionado que hace ya un buen tiempo me inventé una cosa llamada Jardín Zen de las Palabras. Luego escribo sobre eso. No lo debo olvidar, por eso lo hago público. Quizá así lo recuerde con más facilidad… es algo bueno de quedar expuesto: es más difícil esconderse, hacerse el loco… bueno, será en otro momento. Pero será.

*mención aparte merece la forma en la que Prodan dice: ”son unos hijos de puta”. Esa también es muy buena…

Dennis Bergkamp

Hace poco se supo que a las estatuas de Tony Adams, Herbert Chapman y Thierry Henry en el Emirates se les va a sumar una de Dennis Bergkamp, y sí que se la merece.

Este jugador me parece uno de los mejores de la historia. Tenía todas las cualidades:


0:00-4:20 Un maestro del pase.
4:27-6:35 Un definidor majestuoso.
6:36-8:21 Un virtuoso del primer toque.
7:51 El mejor gol que vi en mi vida.

Su visión de juego era tremenda, siempre jugaba con la frialdad que le mereció su apodo (Iceman). Sabía qué hacer con su primer toque, elegante, preciso, artístico incluso (¿a quién sino a un artista se le puede ocurrir lo que le hizo al defensa de Newcastle?). A veces me pregunto, por ejemplo, qué será de Messi cuando pierda velocidad, ¿cómo va a evolucionar su juego? Bergkamp no necesitaba eso: su cabeza estaba a años luz de ventaja y el pie siempre le respondía con exquisitez.

Hoy me tocó chupar otra derrota, un escalón más en este declive inmundo. Da tristeza ver lo que era Arsenal con hombres como Bergkamp, lo que alguna vez significó este equipo, que ahora es un hazmerreír al estilo Liverpool. Antes Arsenal inspiraba respeto, jugaba a algo, había tradición, talento y categoría. Ahora no hay ni la sombra. Solo nos queda aferrarnos al pasado, nostálgicos, haciendo estatuas y viendo videos cada vez más añejos.

viernes, 1 de marzo de 2013

A Olga orozco


Ya  me iba a la cama cuando apareció su voz. Esa voz oscura y rugosa  que yo sentía, ya me había habitado de alguna forma; aunque nunca la hubiese escuchando antes. Lo que quiero decir es que no era la primera vez que su voz venia a salvarme (Porque muchas veces somos salvados, aunque no nos demos cuenta, o no queramos darnos cuenta).

Ella estaba ahí, frente a mi pantalla, diciendo tantas cosas que no tuve otra opción más que mirarla, que perderme en esa atmósfera cálida y a la vez tenue que genera su presencia. Hablo de Olga Orozco, hablo de la poesía hecha carne, de la oscuridad hecha luz.  En esta ocasión se trataba de un especial sobre su vida transmitido por el canal Encuentro, que para mi desgracia terminó unos pocos minutos después. Mientras veía los créditos, decepcionado, solo atine a repetir, casi como un mantra “Ojala lo hubiera visto desde el principio”. Las propagandas llegaron y alisté todo para ahora sí, más derrotado que nunca, ir a la cama. “Ojala lo hubiera visto desde el principio”.

Pero mi sorpresa llegó cuando tras la propaganda empezó de nuevo el documental, ¿cómo era posible que en un canal de la televisión pública dieran dos veces seguidas el mismo programa? No, tenía que ser un error de ellos, o  quizás una contestación que me hacía Olga Orozco, estuviese donde estuviese. Preferí creer lo segundo y así fue que todo comenzó. Un reencuentro con los poemas y su poesía (No solo en los poemas hay poesía) ausente de mi vida por casi dos meses.



Yo escuché a Olga Orozco y ella a su manera divina hizo lo mismo conmigo, una vez más me rescató de los fríos infiernos, y yo ahora escribo estas palabras para demostrarles a los incrédulos, que si es posible hablar con los muertos. 

Nwankwo Kanu

Primero quise averiguar por qué Diaby se lesionaba tanto. Resulté viendo una foto de cuando le pegó a Terry en la final de una Carling Cup. Fui a Youtube a buscar el video y en mi búsqueda “Arsenal Chelsea” surgió este video.


Hay cosas curiosas que me llamaron la atención, como Le Saux haciéndoles pistola a los hinchas de Arsenal en la celebración del primer gol, el registro de Nelson Vivas y Suker como jugadores de Arsenal, el hueco tan grande a un costado del Stamford Bridge y a través del que se ve el cielo (lo que me hace suponer que le agregaron una tribuna más después para darle su apariencia actual). Me reencontré con la magia de Arsenal como equipo grande, como padre de Londres. Chelsea venía encarrilado, de golear al Manchester United (según Martin Tyler) y se perfilaba como un candidato al título. Iba ganándole a Arsenal 2 a 0: Chelsea parecía una amenaza seria. Entonces Arsenal dijo “No, pequeñito, equipito inferior. Tú no perteneces a estos pulsos por el título. Eso es cosa de Manchester United y yo. Vete de aquí”. En quince minutos se incorporó y le dio una cachetada que mandó su campaña al olvido. Qué tiempos aquellos, qué fútbol era ese. Cómo ha cambiado todo.

Ahí el fútbol se ve más duro, más físico. En ese video el fútbol se ve más tosco que el de ahora, las entradas eran más burdas. No por mucho, pero sí se nota la distancia, se nota la evolución que ha habido desde entonces. Por ejemplo, no creo que hoy pudiera jugar un arquero con pinta de electricista como Ed de Goey.

Este video me hizo recordar que Petit usaba el 17 —número que después usaría Song, con un aporte similar, también sustraído por el Barcelona—. Fue bueno ver al viejo Dixon por allí, a Parlour, que no era gran cosa pero corría y metía personalidad. Hace poco leí un artículo que proponía a Ramsey como un nuevo Parlour, y desde ese punto de vista no me pareció tan mala la idea de Ramsey en la titular de Arsenal: lucha, desgaste, trabajo en toda la cancha, carácter. Quizás eso pueda ser el aporte del tan criticado Ramsey.

Fue bueno ver la pifia que se mandó Henry, un poco a lo Walcott. Para ir más al extremo, a lo Gervinho. Mal control del balón en velocidad, desperdicio de un contraataque. Luego Henry se convirtió en una leyenda con estatua propia. Quizás aún haya esperanza para el atolondrado Gervinho y para Walcott.

Otro recuerdo agradable: la canción de la Premier.

Pero por encima está Kanu. “Kan U believe it?”. Por ese partido decidí acogerlo como uno de mis jugadores favoritos. Compré un afiche de él y en esa época en la que aún estaba suscrito a Junior Gunners había pedido que me enviaran una foto autografiada de él. El primer gol le salió casi de casualidad; en el segundo ya mostró algo más de instinto goleador con su primer toque, aunque creo se le fue un poco largo y la suerte le ayudó para que eso fuera más productivo. En el tercero también estuvo de buenas porque el rebote del rechazo le quedó ahí, pero pienso que la calidad atrae suerte. Ante ese favor del destino, Kanu respondió con toda su categoría, su frialdad, la personalidad que Arsenal merece. El electricista salió quién sabe a qué y Kanu lo dejó ahí tirado (“Húndete, equipito”). En esa época yo no gritaba tanto los goles, pero sí que me emocioné. Se afianzó mi incipiente pasión por este equipo. John Laguna y Christian Bozzo vitoreaban la hazaña y yo no lo podía creer. Simplemente sonreí, a solas frente a la majestad del rojo y mangas blancas.

Me da lástima que se haya ido tan silenciosamente, que su carrera como jugador se haya extinguido como si nada. Se hundió con el Portsmouth y adiós. Por el mismo camino ignominioso van Pires y Ljungberg. Cualquier hincha de Arsenal los va a recordar, pero el fútbol los está desechando como una baba. Nada de despedida como a Bergkamp, ni siquiera como la de Zidane, que se dio en una forma medio trágica pero en un marco tan  majestuoso como la final de un Mundial.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Observaciones de un escritor

Hay una página de Facebook: La gente anda diciendo. Allí ponen frases oídas al pasar en la calle; pequeñas irrupciones en la intimidad de desconocidos, huellas borrosas de vidas, de formas de pensar, de situaciones particulares. Generalmente son cosas que dan pie a especulaciones y fantasías, son bocados, puntas de icebergs. Es hasta cierto punto un ejercicio literario. De todos modos tengo la sospecha de que mucho de eso es inventado, pero da lo mismo. El ejercicio sirve para mantenerse alerta, para no ir por la vida como un ensimismado robot, como una parte de la maquinaria inconsciente y egoísta; sirve para tener consciencia de lo que nos rodea.

Mi sentido preferido es el oído, creo que es el que mejor he desarrollado. Sin embargo, hago este ejercicio con la observación. Aunque escucho conversaciones, solo pongo atención cuando requiero información (por ejemplo, si alguien que me atrajo está casada o con novio). Lo que sí hago con detenimiento es observar. Cada tanto encuentro personas o cosas que me comunican algo particular, algo escondido y fructífero, al menos para alguien a quien le gusta crear personajes.

Suficiente explicación. Ahí va la primera observación: 


- Vi en el 132 a este tipo: un gordo canoso, de unos cincuenta y pico de años. Llevaba una camisa con un emblema en el bolsillo; parecía un uniforme de algo. Podía ser electricista. Se frotaba su barba, en el mentón, y luego se olía el dedo. Había algo escatológico en ese gesto, que repitió durante todo el viaje, creyendo que nadie lo notaba.

En cierto momento sacó una revista: Cocina casera. En la portada tenía una pascualina.

sábado, 23 de febrero de 2013

Hospitalidad


Ayer regresé al apartamento por la noche y escuché unas voces en la sala, una masculina. Risas. Pensé que sería una visita. Afortunadamente puedo entrar a mi cuarto a través de la cocina, sin cruzarme con nadie. Cuando iba a mitad de camino escuché otro idioma, y más risas. Poco después la vieja apareció y me dijo que había unas personas de visita, que no me “asustara”. Me pareció normal que tuviera visita, no le vi mucho sentido a su aviso. Me preguntó si hablaba inglés. Le dije que sí y entré a mi cuarto. Tampoco le vi sentido a su pregunta.

A medianoche me di cuenta de que esta visita consistía en que se iban a quedar a dormir. El aviso cobró más sentido entonces. Pensé que serían unos amigos extranjeros de la vieja.

Esta mañana los vi. Mientras dormía los escuché en la cocina. Uno emitió un gemido de satisfacción por lo que comía. Luego abrieron mi puerta y esta vez el gemido fue de sorpresa. Yo me quedé quieto en mi cama, de espaldas a la puerta. Cerraron y se fueron a la sala. Escuché el tintineo de una cuchara en un pocillo, platos, conversación en acento (que no era inglés). Dormí un par de horas más, hasta que escuché que trataban de abrir la puerta del apartamento. Hicieron algo de ruido en eso. Asumí que la vieja había dejado la puerta con llave, y temí que los visitantes usaran mis llaves para abrir y de paso se las llevaran. Me puse de pie, crucé la cocina y fui a la entrada. Ahí estaban: una pareja de viejos. Me saludaron y el viejo balbuceó que eran invitados. Me mostraron un manojo con llaves. Les dije en inglés que ya me habían hablado al respecto, les abrí la puerta (sin llave) y me despedí. La mujer me sonrió y se despidió con “Chao”. Me parecieron alemanes u holandeses.

Cuando volví a mi cuarto vi que habían dejado los platos de su desayuno en la cocina, ordenados pero sin lavar. Eso me molestó. Si estás de invitado en una casa lo menos que puedes hacer es lavar los platos, sobre todo si te preparan el desayuno, tal como parecía. Me sentí mal por la vieja porque esta actitud rebajaba su hospitalidad a un servilismo patético. Esa decisión de dejar los platos ahí era como si la obligaran a darles atenciones. Una cosa es la hospitalidad impuesta y otra la de verdad. En la primera anidan los aprovechados y los inconscientes.

Estuvieron por fuera todo el día. Regresaron por la noche, como a las nueve. Iba a salir a comprar algo y la vieja me salió al paso, justo en la entrada. Me preguntó si podía enviarse plata desde una cuenta de otro país a una cuenta argentina. No sé un carajo de asuntos financieros, pero le dije que me parecía difícil por la tasa de cambio y eso. “No lo puedo decir con certeza, pero no creo”, le dije. Le sugerí Western Union. Ella me contó que los viejos estaban tratando de hacer algo con el banco, pero sus nomenclaturas (¿?) eran distintas de las de Argentina. Dijo algo de un CMUV o algo así. Me pidió que le diera una mano porque no les entendía un carajo.

En la sala estaban el par de viejos. El tipo revisaba un computador en sus rodillas y la mujer estaba al lado. Los saludé y me ignoraron. De todos modos la mujer sonrió y dijo “Problema”. La vieja me pidió que les preguntara si alguien podía enviarles la plata por Western Union. Le pregunté de dónde eran y me confirmó: Alemania. Hice la pregunta en inglés y el viejo, otra vez, me ignoró. La mujer tenía un pedazo de cartón o de papel en la mano con un número largo. El viejo me mostró un par de tarjetas de crédito, las blandió fastidiado y señaló la pantalla, un par de renglones resaltados. Parecía decir algo como “ahí están”. No supe si hablaba en inglés o en alemán; escupía palabras sin sentido. De todo eso solo entendí Standard Bank, más que todo porque estaba anotado en el cartón de la mujer, junto al número. Vi por un tiempo lo que el viejo hacía en el computador hasta que me percaté de lo inútil que era mi papel allí. Le dije a la vieja que me tenía que ir y me fui.

Regresé quince minutos después. Ellos seguían en la sala. Pasé por la cocina y me serví una Coca Cola con parsimonia, preguntándome si debía ir a ver cómo iban o si me importaba un carajo. El viejo decía “bad luck”, “ambassy”, “weekend”. La vieja les preguntó qué habían hecho hoy. El viejo dijo “Plaza Italia” y, después de muchos titubeos y adivinanzas de lado y lado, “Plaza de Mayo”, “policías”. Entré a mi cuarto y me puse a trabajar.

Sin embargo, tenía cargo de conciencia. Volví a la cocina y me quedé ahí parado. Los viejos seguían en la sala. Abrí la nevera sin ningún propósito, saqué la leche, la volví a guardar. Entonces la vieja apareció y fue hasta la estufa. Puso una tetera a calentar. Me preguntó si conocía a Capusotto. Le dije que sí. Mencionó entonces a Micky Vainilla. Yo, aún en mi incoherente búsqueda en la nevera, dije: “Ah sí, el que es medio nazi”.

Me tomó media hora darme cuenta de qué era lo que la vieja me quería decir. Me tomó media hora darme cuenta de mi imprudencia y lo pesada que podía ser esa palabra, “nazi”, en ese contexto. En particular porque ella es judía; en particular porque los de la sala son alemanes; en particular porque soy colombiano; en particular porque dos “inferiores” le estamos dando techo a un viejo indefenso, extranjero y ahora sin plata que me parece que se cree superior.

La vieja no dijo nada, pero seguramente confirmó la idea que tiene de que soy un estúpido. Solo dijo, con fastidio, que no podía creer que gente de una raza supuestamente superior fuera tan maleducada. Negó con la cabeza, resopló. Me contó que los padres del novio de su hija eran alemanes, que habían sido muy queridos (no usó esa palabra pero no recuerdo el equivalente argentino). No entendía cómo podía haber gente así. En ese momento me pareció bastante fastidiada y solo ahora que escribo —como siempre— le veo otro sentido a su expresión, como de desengaño. Me doy cuenta de que se estaba desahogando, de que una especie de vulnerabilidad la llevaba a hacerme esas confidencias banales sobre sus consuegros. Quizás pude haber aprovechado para hacerle una pregunta, como de dónde diablos habían salido esos alemanes, pero en ese momento no lo vi apropiado. Fui a mi cuarto y la dejé ahí, esperando que la tetera estuviera lista, seguramente para servirles a los alemanes.

martes, 19 de febrero de 2013

La semilla de este viaje

Vivo en Buenos Aires. Ya tendré tiempo para hacer el balance sobre mi experiencia argentina. Lo que sí sé es que he cambiado, que cuando reviso mi pasado me sorprendo, me encuentro con un yo desorientado pero impetuoso. El yo de ahora, modulado por ciertos desengaños, es más amargado y silencioso, incluso para escribir. He perdido ímpetu, debo decirlo, y en eso creo que he envejecido. ¿Es extremo decirlo a estas alturas? Bueno, algo que sigo siendo es extremo en mis juicios.

Encontré esto. Estas noches en las que no puedo escribir termino leyendo cosas viejas para reencontrar lo que se me perdió. También por el asunto ese de "en el constante leer lo que escribí encontrar lo que quiero decir". En este caso, este correo es el primer indicio de mi travesía por esta tierra. Esa fue la semilla del viaje. A partir de allí decidí irme de Bogotá. La pregunta del final orientaría (indirectamente, casualmente, por ley del universo y no de mi criterio) mi trayecto. Es del 24 de marzo de 2010:

Estoy aburrido con mi trabajo. Me ponen a hacer cosas por las que antes me pagaban más, cuando trabajaba de freelance para la editorial. Al principio la idea era enseñarme sobre el proceso editorial, pero resultó que la editora, mi jefe, renunció. Ahora le importa poco si aprendo o no, y está más concentrada en dejar todo ordenado para su salida (a final de mes) que en los proyectos actuales. Me siento un poco frustrado.


Hoy estuve sacando fotocopias por media hora. Mientras estaba frente a la máquina me decía: Bien, estoy ganando dinero por esta estúpida labor. Pero otra parte de mí se decía: Qué absurda manera de perder el tiempo. De todos modos pienso darle algo de tiempo a esta situación. Esperaré a que llegue el nuevo editor y seguiré trabajando con el sueldo mínimo por labores monótonas y frustrantes hasta que pueda avanzar a algo mejor. Ese fue mi plan cuando entré a trabajar en el restaurante y me funcionó.



Es increíble lo mal que escribe la gente, sobre todo los profesores universitarios. Su problema no es la ortografía, como uno pensaría; su problema es la incoherente forma de redactar que tienen: sólo escriben sus ideas tal y como les llegan a la cabeza. A veces escogen poner en cursiva un subtítulo y al siguiente lo ponen en negrita, o numeran mal los capítulos, o plagian de otros libros, a veces se plagian ellos mismos; es un absoluto desorden, un caos.



Estuve divorciado de mi actividad creativa. A veces le guardo tanto desprecio, tanto rencor, a esa actividad tan innata en mí, que es casi como si despreciara mi propia naturaleza. Me fastidia que la labor para la que me creo destinado no corresponda con alguna satisfacción los sacrificios que hago por ella. Sólo me trae más y más inseguridad, y afianza en mí las peores aristas de mi personalidad. Anoche traté de trabajar en un cuento que empecé hace tiempo, pero me fue imposible. Me distraía con muchos pensamientos, con la obligación de acostarme temprano.



Y sin embargo el mundo me sigue llevando de vuelta a ese turbulento río. Yo quiero descansar en una orilla, atascarme en un borde y reposar ahí por siempre, pero la corriente es más fuerte que yo y me pone en mi sitio de nuevo. Y no me refiero a esa barbaridad del “no puedo vivir sin escribir”, me refiero a que de un modo u otro el universo se las arregla para tentarme y hacerme señas para que retome ese camino, sin importar cuántas veces trate de evadirme, de escapar. Por ejemplo ahora: tengo muchísimas ganas de retomar, de volver a sentarme por las noches frente al computador, de volver a leer toda la tarde, de negar todo placer mundano para entregarme por completo a esta actividad. Siento como si el ejército me llamara a prestar servicio de nuevo, como esos soldados gringos que se van a Irak y rezan cada día para poder volver a sus hogares y que, cuando al fin logran volver a su tierra, se dan cuenta de que no tienen nada que hacer allá, que en realidad lo único que les queda es volver a la guerra, por hedionda y fea y peligrosa que pueda ser.



Yo quiero volver a la guerra. Ya me he puesto el uniforme.



Alguien me dijo esto hace poco: “El arte que nace de la presunción es corrupto, es insano”. Esas palabras explican el profundo desprecio que le tengo a los compañeros del actual taller de escritores de la Central. Todos buscan lucirse, son pretenciosos, lo que convierte a sus creaciones en engendros incompletos, faltos de vida, monstruos corruptos. En los otros cursos a los que he asistido he visto, por lo menos, a un par de personas genuinas, que no tienen fines morbosos de vanidad, pero en éste no, todos son una plaga.



En fin, el uniforme está puesto. ¿Quién puede darme un buen curso sobre literatura contemporánea?

domingo, 17 de febrero de 2013

Hace unos días, la presidenta Kristina Fernandez de Kichner anunció el cierre temporal del subte línea A, con el objetivo de reparar las vías y refaccionar las formaciones. También anunció la retirada permanente de los primeros trenes que llegaron a la Argentina, vagones hechos de madera y de apertura manual; vagones que fueron importados de Bélgica y que cumplirían este año un siglo de funcionamiento. 

La línea A siempre fue mi preferida del subte de Buenos Aires (Porque hasta en esas cosas tenemos favoritismos) y no solo porque me gustan las diferentes paradas del subte A, sino especialmente por sus vagones viejos, que por segundos se quedaban a oscuras trasmitiendo un aire de otro tiempo.

Hace algún tiempo me tomé unas fotos en los vagones sin saber que su salida estaba tan pronta y que serían un recuerdo de mis primeras andanzas por Buenos Aires en busca de algún sentido a mi paso por la ciudad.

El viernes pasado (día en que salían de circulación) tuve la suerte de viajar por última vez en los viejos vagones, y la avalancha de fotógrafos (turistas y residentes) improvisados fue abrumadora, yo viajé tranquilo, sin fotografiar; solo observando, y haciendo un retrato espiritual del recorrido y sus vagones que quedarán por siempre en mi alma. Espero que la presidenta cumpla su promesa de ponerlos en algún lugar donde puedan ser vistos como lo que son: patrimonio de la ciudad de Buenos Aires.



sábado, 16 de febrero de 2013

Febrero 16

A veces mi imaginación completa mi rutina solitaria y silenciosa con recuerdos inventados. Son cosas que no viví, pero que percibo con mucha nitidez.

En el de hoy estaba contigo, frente al mar. Era de noche y los dos sosteníamos nuestras manos mientras mirábamos el horizonte. Había tristeza en el aire entre tú y yo. Sabíamos que ese era el fin. Tú me preguntabas “¿Qué será de nosotros?”, y yo te decía “No sé”. Un “No sé” pesado y afligido. Luego solo nos quedaba el silencio mientras aprovechábamos nuestras últimas horas.

No sé dónde estés ahora. No sé si estás en este mundo o si estás en un estado superior. No sé en qué estarás pensando, si es que estás pensando. No sé si estás con alguien… Creo que no, porque sé que una vez, en una vida pasada tal vez, nos prometimos que nunca estaríamos con nadie más hasta encontrarnos de nuevo.

Pero parece tan lejano, parece que ha pasado tanto tiempo. Otra cosa que sé es que me equivoqué y que cometí un error muy grave, por el que pago en esta vida. Espero que nuestro lazo sea tan inmortal y fuerte como creíamos y podamos sobrevivir a mi condena, y me esperes dondequiera que estés, hasta que al fin podamos abrazarnos otra vez.

Si yo estoy tan lastimado por tu ausencia, tú también debes estarlo por la mía. Ojalá me puedas perdonar, que después de mi tiempo acá podamos retomar donde nos abandonamos y ser felices de nuevo, juntos siempre, entendiéndonos en nuestro idioma, anticipando nuestras penas y nuestras alegrías, completándonos, simplemente respirando nuestra compañía, disfrutando. Así tiene que ser; es mi único consuelo.

viernes, 15 de febrero de 2013

Los voy a poner a escribir

- Voy a escribir sobre Arsenal. Voy a escribir alguna bitácora de mi novela. Voy a escribir algo de mi diario. Voy a escribir alguna tontería como esta. El caso es que voy a escribir porque es una sana obligación que nos hemos impuesto. Supongo que dejaré de lado el Facebook, en el que tengo la impresión de que ya nadie me estaba haciendo caso, para desfogarme aquí, en donde me harán menos caso todavía. Lo bueno es que no me importa que no me hagan caso.


- Hoy quería ver una mujer desnuda exhibiéndose por la sala de su apartamento. Me parece que hay que estar algo loco —o tener una rara inclinación autoerótica— para hacerlo aun sabiendo que te están tomando fotos.


- Les cuento que empecé a leer lo de Ribeyro (Los geniecillos dominicales) y me llamó la atención un manejo que hace con los tiempos verbales. El primer capítulo está narrado en presente mientras que los que le siguen (al menos hasta donde leí) van en pasado. Hasta ahora no me he preguntado desde dónde se está contando la historia, básicamente porque la narra un omnisciente, pero ese manejo temporal ha resonado esta noche para mí justo ahora que tengo problemas para escribir mi novela. Tengo un problema crucial que a estas alturas ya debería estar decidido y no lo está: el tiempo verbal, algo que ya viene en gran parte resuelto si se sabe desde dónde se está contando la historia.

Primero escribí en pasado. Esto me fastidió porque me di cuenta de que por un lado me estaba quitando dinamismo y porque me estaba hundiendo al protagonista en una especie de autocompasión más bien patética. Adaleón perdía mucho carácter y mucha vitalidad al hablar en pasado, y además eso le daba una fácil entrada a un vicio mío: la explicación excesiva y retórica.

Luego pasé a presente. Todos estos meses en Colombia reescribí lo poco que llevaba en presente. Me parecía un tono más activo, más interesante y dinámico. Hasta cierto punto lo es. Me tenía entusiasmado hasta que encontré dos obstáculos. El primer problema fue que me obligaba a seguir paso a paso al personaje, acción por acción, y de paso las reflexiones retóricas y explicativas se me estaban filtrando con más ímpetu ante la necesidad de llenar tiempo. Cuando necesitaba hacer frenar un poquito a Adaleón: reflexión retórica. Un fracaso del que solo ahora me di cuenta.

El segundo problema del presente es que es demasiado duro. Pablo Ramos lo señaló la última vez que fui al taller: es un tiempo jodido porque a veces resulta artificial, imposible en la realidad. Como, hago esto, voy a tal parte… es difícil expresarse así; corta todo.

Traté de volver al pasado. Ahora me di cuenta de que es muy jodido y de que voy a tener que empezar todo de nuevo. Ya modifiqué mucho las estructuras para mover todo a presente, y si ajusto un verbo que era pilar para el presente, sin mover lo que lo rodea, todo se va a caer a pedazos. Y antes que hacer esa arquitectura nueva prefiero tumbar y volver a escribir. Es lo que voy a hacer ahora.

Si sigo a ciegas lo que me dice Pablo debería escribir y escribir sin parar hasta terminar el primer borrador. Luego me preocupo por tiempos verbales y eso; lo fundamental es completar la historia. Pablo seguramente me dirá que siga adelante en vez de quedarme atrás corrigiendo. Yo voy a su taller, ese es el método que él ofrece, así le dio éxito. Lo lógico es seguirlo.

Bueno, yo no hago lo lógico. Yo ya tenía esto más o menos decidido pero hablar con Piedad Bonnett terminó de convencerme. A pesar de que estoy aprendiendo bajo un método particular (el de Pablo, que es al mismo tiempo una forma de ver la literatura), debo reconocer mi naturaleza como escritor, y esta me obliga a escribir solo cuando lo que queda atrás me convence plenamente. Mi carácter es demasiado minucioso y metódico como para dejarme ir al impulso escritor. Piedad también escribe así, precisamente porque es poeta. Ella me dice que no avanza hasta que no está totalmente satisfecha con el párrafo que deja atrás.

No reniego ni de un método ni de otro. Lo que me parece es que cada quien tiene su propia forma de acercarse a la labor creativa y no siempre la del maestro debe aplicársele a uno. El maestro puede darle parámetros, puede darle ciertas perspectivas, pero no podemos pretender ser copias de él ni pensar tal cual como él. Esto es un error. De hecho puede haber situaciones en las que una aproximación se aplique mejor que la otra. Por ejemplo: ahora que estoy tan atorado me conviene (a mí, a Jeremías Capablanca, Escorpio, neurótico, inseguro, flaco, colombiano, de 27 años) ir paso a paso, como Piedad, porque no tengo la fuerza de un dique palpitando en mis dedos. En el momento en que sienta esa necesidad espiritual y emotiva de desbordarme como un demente y chorrear letras como sangre, entonces puedo irme por el método de Ramos, porque se aprovecha esa corriente.

Yo sé de cierto amigo que anda obsesionado con una frase de “masitas para el té” y ha resignado su escritura ante el inminente temor de que haga “masitas para el té”. Ese amigo debería entender —aunque quizás este esfuerzo es infructuoso porque es un terco— que no todo lo que dice el autor de las “masitas para el té” es una verdad absoluta. Ese amigo mío debería volver a escribir sus “masitas para el té” para sentirse vivo otra vez y encontrarle un propósito a cierto viaje que hizo. Además, no debería dejarse arrastrar por la opinión de quien cree que las “masitas para el té” indigestan. A mí me parece que las “masitas para el té” pueden resultarle muy útiles a su naturaleza de escritor (es una posibilidad, no lo afirmo).

Yo pienso que ese amigo debería aprender a rebelarse, a no deslumbrarse tan fácil y a ir en contra de su voz interior que le dice que deje de escribir. Vincent (van Gogh) lo decía: “Cuando una voz te diga que no pintes, pinta por todos los medios y esa voz se acallará”. También ayudaría dejar de lado vanidad de esperar que todo lo que escriba sea grandioso. Si algo me ha ayudado a mí a escribir y vivir en paz con eso es haber dejado atrás la vanidad del caso. Yo pienso que a él el autor de “las masitas para el té”, a pesar de su personalidad arrolladora, no le conviene como maestro ni como aproximación a la literatura, porque sus intereses y sus perspectivas van por otro lado. Yo pienso que mi amigo debería pasar un buen cumpleaños y escribir otra vez.