miércoles, 20 de enero de 2010

Pensamientos flojos III

Hoy me antecede una duda. Estos seis meses que llevo blogueando aquí, sorteando, por un trato mutuo con Heroedeleyenda, el reto continuo de escribir por turnos, bajo la premisa de la posibilidad de escribir sobre cualquier cosa y el riesgo de sufrir un castigo nimio para la generalidad pero vasto para nuestros bolsillos en caso de padecer retrasos en la publicación de entradas, sí, estos seis meses que llevo aquí, ¿Serán el reflejo de un esfuerzo válido por conservar las manos calientes para la escritura en abundancia y el cerebro abierto al ejercicio constante de la misma, o sólo el espejismo de una escribidura vacua y egocéntrica, autocomplaciente, insensible, casi que masturbatoria, de un escribir por escribir que no ha de llevar a ningún sitio? No entiendo muy bien la razón de esta espinosa duda, y para serle sincero a ese cosmos que no alcanzo a ver ni en las noches, preferiría no tenerla entre oreja y oreja. Pero ahí está, pendiente de mi reacción, y con irónica indiferencia ante la desazón que me genera allí dentro.

Hoy sin embargo me sucede una respuesta. No la mejor ni la más elaborada, tal vez incluso peque con ella de repetitivo e ignorante del peligro de caer en un lugar común, pero es la que tengo, y por fortuna me basta. Estos seis meses de blogueo son, como mínimo, una experiencia grata, que poco a poco me dan hecho ganar un poco de paciencia, constancia y disciplina, y han sido más que suficientes para hacerme saber que, aparte de las potencialidades que entrañan la dedicación profunda y sincera a la literatura, escribo para quitarme la pena de no escribir, esa pena que me aguanto como masoquista pero que cada vez tolero menos.

Y aunque suene vulgar, estos seis meses me confirman algo esencial: escribo porque me da la gana, y porque tengo la esperanza de que me siga dando la gana de escribir toda la vida. Ahí tienes, duda carajaria.

domingo, 17 de enero de 2010

Cerveza Colón

Ayer tuve la oportunidad de probar una nueva cerveza que anda como un fantasma entre nosotros, digo como un fantasma porque pocos saben de su existencia. Si, digo pocos porque por ahora solo se vende en restaurantes y hoteles.

El nombre del producto es cerveza Colón, que rindiendo tributo al explorador español viene a conquistar al pueblo Colombiano, y a sacarlo de la ignorancia en cuestión de cervezas. Digo esto porque le apuesta a que probemos cervezas distintas a la rubia, propia de la totalidad de las cervezas nacionales. La competencia de Bavaria tendrá disponible de su producto cerveza rubia, pero también roja y negra; así que ya no tenemos excusas los colombianos para decir que no hemos probado otro tipo de cervezas. Eso será dentro de algún tiempo cuando la cerveza se venda en cualquier establecimiento comercial, si es que ocurre.

El sabor de esta nueva bebida me pareció digno de resaltar, por eso para Colón s.a. los mejores deseos, eso si, la prueba de fuego para esta nueva empresa será el publico de nuestro país que acostumbrado a las cervezas de Bavaria no se cómo recibirán esta nueva, pero bien intencionada envestida del consumismo que pretende al menos hacer temblar un pelín el monopolio productor de casi la totalidad de la cerveza en Colombiana.

Me gusta/No me gusta V

Mientras preparo una entrada extensa de parejas de descripciones, dejo aquí un par de ellas para su lectura sin beneficio. No se abalancen con quejas ni lancen lloriqueos si no les gusta lo que leen; tan solo piérdanse entre la maleza, mamarrachos.


- Me gusta hacerme tronar ciertas zonas de los dedos y el cuello, esto es, doblar mis articulaciones de los dedos y mi cuello hasta que se produzca un chasquido, como un ¡Trak! o algo parecido. Me gusta mucho porque me recuerda al sonido que hace una pasta de espaguetti recién sacada de su empaque cuando se rompe (a veces eso me genera hambre...). Es una costumbre que realizo varias veces al día desde hace muchos años, debido quizá a una rara y ociosa imitacióndel gesto al observar a un integrante de la familia, y que suelo hacer para dilatar la tensión y reducir la molestia de la rutina; no se si sea por alguna especie de efecto placebo, pero me funciona en cierto sentido, porque al menos percibo que estoy "quebrando" el núcleo del dolor, de la molestia o del aburrimiento, en el mejor de los casos. Me gusta además que la gente se impresione al escuchar el traqueteo de mi cuello... ¿Necesidad de llamar la atención? ¿Exhibicionismo innecesario? No se. Digamos que es la posibilidad de ver la expresiones en sus rostros cuando escuchan que salen ruidos de mi cuello lo que me gusta específicamente. No es mucho lo que puda ya añadir al respecto, salvo algunos detalles tan infimamente personales que no vale la pena incluirlos.

- No me gusta el olor y el sabor de la ahuyama. Es más, la odio con las más serias y malsanas intenciones de odio que alguien puede tener hacia un objeto. Si pudiera cavar un agujero sólo para demostrar cuánto odio tengo hacia esa asquerosa, aberrante, nauseabunda e infame masa zapote, probablemente cavaría sin pausas hasta atravesar el otro lado de este maldito mundo, y luego lanzaría toda esa porquería escandalosa por aquel hueco, para que los chinos o los tailandeses hagan con eso lo que les venga en degenerada gana, no se, tal vez la preparen con perro al carbón o serpiente asada, me importa un moco con tal de no volver a saber nada de esa grosería de comestible. Que los dioses perdonen mi odio irreparable (y de paso la sobre adjetivación y los gerundios abundantes que he estado aplicando a este condenado párrafo, que ya se me iba saliendo de mesura) sobre y contra la ahuyama y todos sus derivados, pero es poco lo que puedo hacer para contrarrestarlo de mi memoria gustativa, teniendo en consideración el hecho de que mis expresiones evidentemente negativas hacia el abarrote tengan su origen probable (si mi recuerdo mental no me traiciona) en una noche fea de 1993, cuando fui obligado, a pesar de mis insistencias y mis lloros de niño indefenso y propenso a quebrantos de salud, a comer en una cacerola un plato frío de ahuyama, preparada de la forma que aquí en Colombia se conoce como "poteca", con cierto olor y sabor avinagrados, que denotaban un leve estado de descomposición. El suplicio, adobado con el hecho de que mis alegatos sobre el estado de salubridad de la masa infecta no fueron creídos sino muchos años después, generó en mí un impacto de proporciones yugoslavas (entiéndase lo que se quiera entender) del que no he podido, en mi actualidad, sobreponerme en lo absoluto, que derivó en una aversión tan catastrófica, que en ocasiones el solo recuerdo de las incontables veces en que fui obligado a comer ahuyama genera en mis tripas una sensación parecida a la de la náusea nihilista de mitad del siglo XX.

No me importa ser exagerado en esta diatriba contra mi enemigo alimenticio, a pesar de tener conocimiento del gran poder nutritivo que este posee y de su facilidad de cultivo; mientras me encuentre en el dominio minimamente decente de mis obtusas facultades cognitivas, la ahuyama representará para mí el lado oscuro y adverso de la alimentación, y que, si bien mi odio, que roza lo extremo, no alcanzaría los límites desvergonzados de intentar elinimarla de la faz de este pervertido planeta, se que odiaré y odiaré por periodos de tiempo cercanos a la jodida eternidad a la amenaza amarillenta que ha inspirado estas estúpidas líneas. Ojalá la desidia de mi huevo mental me hubiera permitido un dejo de siniestra creatividad para seguirme extendiendo en palabras contra ese monstruo.

lunes, 11 de enero de 2010

El regalo mas buscado las pasadas navidades

Amazon, el gigante americano de ventas online, acaba de publicar sus cifras de ventas para este fin de año. Y para sorpresas de ellos mismo el gran producto del extinguido 2009 fue el Kindle. Este sofisticado y versátil reproductor de libros digitales o e-books ha causado furor en el medio; tanta fue la cosa, que para el 23 de diciembre se vendieron 9.5 millones de este dispositivo. Con respecto a esto la empresa afirma que el Kindle ha sido escogido por la mayoría de los estadounidenses como el regalo ideal para poner debajo del árbol de navidad.

Es la primera vez, desde la creación de los e-books, que esta tecnología logra superar en ventas a los libros de formato tradicional para ser regalado en las fiestas decembrinas.

¿Se acerca el fin del libro en su formato tradicional? A estas alturas ya nadie lo puede saber, lo cierto es que cada vez es mayor el número de personas que se dejan seducir por estos artilugios del primer mundo que pretenden convertir, hasta la vida misma, a formato digital.

Debo confesar que este Kindle es realmente hermoso, ofrece grandes posibilidades, pero todo sujeto a una conexión a internet que solo está bien posicionada en Estados Unidos, Canadá y México que yo sepa. Aunque esto será por poco tiempo, esta máquina revolucionaria será distribuida a más de 100 países en los próximos meses. No sé que será del futuro del Kindle, veremos si esta maravilla es tan resistente a los minutos, años y segundos que todo carcome y que llamamos tiempo.

domingo, 10 de enero de 2010

Pensamientos flojos II (la amenaza distraída)

Quisiera tener una buena y bonita capacidad de concentración para los momentos en los que escribo. Sería lo mejorcito que podría tener para mis menesteres, de verdad. Podría escribir y escribir sin problemas, porque tendría el oído domesticado para que no le haga caso más que, por ejemplo, al sonido del tecleo, ese dulce sonido que evoca la feliz aparición de palabras en la pantalla del PC, o del calmo sonido del lapicero danzando sobre el block sin rayas, y dejando tras su baile huellas con significado escrito; también tendría dominio sobre mis ojitos, que juiciosos y bellos, estarían atentos a los movimientos de mis dedos sobre el teclado o el block sin rayas, apoyando la gestión cerebral que dirige la escritura, sin perderse un sólo momento en los múltiples estímulos macabros que atentan contra mí cuando quiero hacer una entrada...

...pero no. Mi realidad es un poco más fangosa. Desde que me conozco he visto que carezco de concentración para realizar muchas tareas, y me distraigo en cualquier bicharracada que sea novedad o alternativa de variedad (me perdonarán la cacofonía) mientras estoy escribiendo. Y entonces vierto mi atención en el estímulo macabro aparecido, sin discriminar si es algo efímero, bobo, inútil o falaz. Cuando me doy cuenta, aparece el sueño, la pereza o el mareo, y cualquier excusa comienza a tener validez para alejarme del teclado o del block sin rayas y perderme en la nada incluída en el tiempo de ocio que llega, con impacto abrupto, a destruir el tiempo vivo de escritura por el tiempo muerto de fritura (me perdonarán ahora el colombianismo y la nueva cacofonía).

Y es con esto con lo que tengo que luchar. Nuevamente lo veo: mi nemesis en la escritura soy yo. Y como tal debo reformarme. O no debo, porque en el deber está la desidia y los rencores cuando este se acentúa. Quiero reformarme, encontrar el espacio físico y creativo en el que pueda darle la espalda a las distracciones. Imagino que podré lograrlo con un mínimo de terquedad. Pero basta de promesas -por más confianza que deposite en ellas-. Me entregaré, ahora que he terminado, a los placeres distraídos del ocio sin méritos ni metas.

Pensamientos flojos I

Un día comencé a pensar en que es muy desesperante el hecho de que, si no se hace nada para fortalecer una vida, ésta desaparece sin ducha alguna. De igual forma comencé a pensar que el hecho de saber, creer o tener la convicción terca que se es el responsable de aquello que llaman destino (a merced y al margen por ahora de creencias religiosas o esotéricas), también suele ser una situación entristecedora o, como mínimo, generadora de angustias. Luego pensé en que es más deprimente aún es el hecho de que, sabiendo todo lo anterior y siendo de alguna forma consciente de lo que puede suceder si se abandona la vida, en ocasiones o con notable frecuencia no hago nada al respecto para solucionar el problema de la desaparición vital. Vi que se habla de pulsiones, afectos que actúan como barreras, pereza pura, entre otras cosas (bueno, no tanto: ya sería bastante molesto pensar en una probable fuerza misteriosa que impida el crecimiento personal, la autorrealización o como románticamente le llamo, la felicidad). Ahora, ¿Será posible que se trate de un miedo? ¿Miedo a qué? Sólo basta con averiguarlo, me dije. Porque claro, nadie dijo que era fácil, aunque al menos nadie lo ha querido confirmar. Vaya conceptos...

sábado, 2 de enero de 2010

Una primera impresión sobre Avatar

La última película de James Cameron se encuentra actualmente en nuestros cines, y a pesar de que presenta algunos elementos que desde mi óptica se pudieron trabajar más, realmente es de obligatoriedad acercarse a un cinema y disfrutarla. La película muestra a la raza humana ampliando, como siempre, sus dominios y su poder. En esta película se hace evidente la actualidad de la ciencia, en servicio del poder y los avances militares.

Aparentemente conquistado y repartido el planeta tierra la Raza humana sale en busca de colonizar nuevos lugares. En esta búsqueda encuentran uno que posee una rica reserva de un mineral extraordinario(cualquier parecido...), por el cual nuestra raza está dispuesta a llegar a sus últimas consecuencias. Para lograr internarse en este planeta los seres humanos crean unos avatar que son controlados por científicos desde capsulas a kilómetros de distancia. Pero alguien logra infiltrarse dentro del proyecto científico…

Aunque la película está plagada de personajes y escenas cliches, Pandora, el mundo de los Na”vi no deja de impresionarnos. Aspectos como sus modos de comunicación y sus ecosistemas son de una extraordinaria belleza poética. Eso si debo decir que los Na’vi se me parecen, tanto en apariencia como en algunas de sus prácticas a los Massai Africanos. Además su relación con el planeta y el respeto que este les inspira nos recuerda lo que olvidamos hacer con la Tierra y nos traerá terribles consecuencias futuras. En el film de Cameron esto se ve reflejado de manera simbólica por medio de los sistemas de comunicación utilizados por los Na”vi para hablar con todos los seres vivos de su planeta, la cabellera de esta raza es una red que tiene compatibilidad con todos los demás seres tanto animales como vegetales de Pandora. En ese intercambio no solo se siente la conexión de los alienígenas con su planeta sino que se logra intercambios de información con los ancestros fallecidos pero que siguen existiendo en la cima de arboles sagrados. Todo esto nos recuerda la forma que tiene nuestro cerebro de transmitir información entre sus neuronas (sinapsis).

Las disputas entre fuerzas militares y científicas de nuestra raza, la destrucción de los sistemas vivos del planeta, un amor que trasciende las barreras de la raza, un elegido caído del cielo, los avances científicos capaces de generar control mental sobre un ser reflejado en otro espacio-tiempo y una lucha desesperada por la supervivencia son algunos de los elementos que reúne Avatar, película revelación que logra que por un par de horas nos pongamos, como el protagonista, en contra de nuestra propia raza, que captemos la fealdad en que nos hemos convertido al atacar a nuestra naturaleza, creadora de la raza. En esto radica (su valiosa critica junto a un mágico mundo) desde mi punto de vista lo más valioso de la cinta, y aunque por desgracia terminada la película volvemos en sí y olvidamos su valiosa enseñanza, Avatar es sin lugar a dudas una muestra de lo que este año que paso nos deja: buenas obras de arte. En fin a verla y a crearnos nuestra propia percepción.

viernes, 1 de enero de 2010

Los trenes y la Literatura Chilena (Homenaje a Jorge Teillier)


Cada creación esconde en sus colores, palabras o formas un entramado de universos que solo pueden aprehenderse cuando se buscan sus orígenes en las fronteras del alma de su creador. Sin embargo este universo es casi palpable, sentible, digerible sin la necesidad de ser preso por el entendimiento, pues la obra es reflejo de un creador que ha sido superado por su obra. Cada artista difiere de los otros, debido a la misma naturaleza de su pensamiento y emociones que han sido nutridas por elementos diversos que determinan su posición en el mundo.

A pesar de esas diferencias que habitan en cada artista y que son propias de sus interacciones, experiencias, miedos y demás, hay elementos inconscientes; arquetipos que llegan siempre ha calar tan profundo en una generación o en un país que producen maravillosas antologías en torno a un solo tema. Ese es el caso de la Antología El tren en la poesía chilena realizada por el poeta austral Jorge Montealegre, quien en homenaje al fallecido creador Jorge Teillier reúne los mejores poemas construidos en torno a este viaje a través de vagones, paisajes y mundos que solo el que se dispone a viajar, a internarse en la profundidad de paisajes lejanos logra atrapar. Cada poeta de esta antología posee su propio universo, sus propias indagaciones, diversas entre sí, pero que con motivo del tren, arquetipo de la literatura y poesía chilena se unen en un solo encuentro, en un solo universo que llamamos chile. La lectura de cualquiera de los poemas nos permite sumergirnos en el universo privado de cada poeta, de su subjetividad, de sus emociones, pero todo atravesado por un momento y un modo de ver el mundo ligado a los viajes en ferrocarril.

Así como sucede con los trenes en chile, cada país posee elementos colectivos de los cuales se nutren la escritura y el arte a lo largo de la historia y del tiempo, pero no son tan visibles debido a que en ocasiones no se generan apoyos y espacios para la compilación y exhibición de estos aconteceres que no solo enaltecen la poesía, sino que rescatan las raíces y características de la forma de vivir de los diferentes pueblos.

Quiero terminar este sencillo homenaje con un poema de este magnifico escritor Chileno de su libro Los trenes de la noche, 1964.

17


Ha terminado el verano.
Regreso a la ciudad como tanta otras veces
en el sudoroso tren de la tarde.

Ha terminado el verano,
no sin antes marchitar con sus manos polvorientas a los girasoles,
no sin antes resecar los cardos que crecen junto a los rieles.
A la ciudad debía acompañarme el viento del sur.
El viento que se queda rondando por los campos y es el sereno
que los villorrios escuchan sin esperanza todo el invierno
como ancianos que en caserones ruinosos pegan sus oídos a relojes sin agujas.
El viento que barre con cardos y girasoles.
El viento que siempre tiene la razón y todo lo torna vacío.
El viento.
Quizás debiera quedarme en este pueblo
como en una tediosa sala de espera.
En este pueblo o en cualquier pueblo
de esos cuyos nombres ya no se pueden leer en el retorcido letrero indicador.
Quedarme resignado como una mosca en invierno
escribiendo largos poemas deshilvanados
en el reverso de calendarios inservibles
sin preocuparme de que nadie los lea o no los lea,
o conversando con amigos aburridores
sobre política, fútbol o viajes por el espacio
mientras tictaquean las goteras del bar.

Todo empieza a quedar en penumbras.
El viento apaga la luz de los últimos girasoles.
Todo está en penumbras.
La campana anuncia la llegada del tren
y siento el mismo temor del alumno nuevo
cuando sus compañeros lo rodean en el patio de cemento de la escuela.
Pero debo dejar el pueblo
como quien lanza una colilla al suelo:
después de todo, ya se sabe bien
que en cualquiera parte la vida es demasiado cotidiana.

Hasta luego: rieles, girasoles,
maderas dormidas en los carros planos,
caballos apaleados de los carretoneros,
carretilla mohosa en el patio de la casa del jefe-estación,
tilos en donde los enamorados han grabado torpemente sus iniciales.

Hasta luego,hasta luego.
Hasta que nos encontremos sin sorpresa
viajando por los trenes de la noche
bajo unos párpados cerrados.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Ajá...

¿Será un pecado escribir el día de hoy sobre cualquier tema menos sobre el que, por la fecha que corre encima de esta entrada, sería lo más obvio o, como mínimo, lo más esperado? ¿Tendré entonces pesadillas o el estigma de unos días si dejo pasar la oportunidad de hablar de un tema que puede ser tratado cualquier día de la vida pero que por alguna razón (que probablemente solo yo le estaría dando) tiene mayor validez un día como hoy? ¿Me condenará el micromundo en el que vivo si no hago uso de los sistemas estandarizados de felicitación por el aniversario de supervivencia en esta esfera inmunda?

Ah, ya no se. No me voy a joder más por este año.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Viaje a los confines del Super Nintendo

Este miércoles 23 de diciembre que pasó, tuve la oportunidad, por coincidencias de la vida, de acompañar a un amigo en una búsqueda que nos llevaría años atrás y que me recordaría la huella que hace el tiempo en todo lo que poéticamente llamamos pasado. Estando en fechas decembrinas lo más lógico era subir como lo hace la mayoría de la gente en busca de regalos al centro de la ciudad. Allí el comercio para estas épocas es universal y si se busca con mente abierta y paciencia se puede conseguir regalos de todos los presupuestos. Sin embargo nuestra búsqueda se reducía a dos pequeños centros comerciales donde se concentra la totalidad del comercio del videojuego en la ciudad.

Esperando un encuentro sencillo con el pague y lleve nos sumergimos en el centro comercial san andrexitos, pero la sorpresa que nos llevaríamos, mas por nostálgicos, porque era de suponerse, nos entristecería a tal punto que recordaríamos las épocas en donde el furor del Super Nintendo se respiraba en todos los niños, y jóvenes de mi edad. Si, nuestra búsqueda era encontrar juegos de esta consola de infancia que en repetidas ocasiones nos permitió verbalizar la felicidad hecha diversión. Pero en esta ocasión la flamante Super Nintendo de sonrisas y esperanzas mías y de mi generación hace más de quince años, ahora solo provocaba en la gente miradas de extrañeza y sonrisas furtivas que nos iban diciendo sin respeto alguno por nuestros recuerdos: nooo, eso ya no existe, no mano eso es de los años de matusalén, eso ya no viene, hasta que un niño, con su aspecto sobrado mientras jugaba con un Xbox 360 nos dio el golpe de gracias, pero están como desactualizaditos, eso ya no viene ¡hace siglos! Ahí comprendimos que la búsqueda seria a muerte, tratando de rescatar los pocos fragmentos que pudiesen quedar de esa parte de nuestra infancia.

Después de más de cuarenta y cinco minutos de angustiosa búsqueda el balance no podía ser peor, de dos centros comerciales; uno de dos pisos y otros de tres, solo encontramos juegos en dos almacenes: uno en el taller de reparaciones de un ebrio mecánico que por las vísperas de la noche buena ya había empezado a tomar y que tenía dos casettes a medio servir, y que decía a todo pulmón eran sus herramientas de trabajo: con estos juegos pruebo los súper Nintendos que reparo. El otro lugar, un exclusivo almacén donde una muchacha morena, mal mirada y poco amable escondía un tesoro de los tiempos de piedra con más de 20 juegos que no pudimos comprar porque creyendo que aun alguien le comprará los juegos cada uno a 45 desprecia a los clientes que le explican que esta consola ya está en el olvido de muchos y en el recuerdo de algunos pocos.

Al final de nuestra corta, pero nostálgica expedición por los juegos del pasado en tiempos presentes, nos hicimos a uno de los dos viejos juegos del vendedor ebrio que a pesar de que con gusto nos vendió uno de sus casettes por quince mil pesos continuaba gritando: con estos juegos pruebo los súper Nintendos que reparo.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Divagación sobre un video y una canción III

Ya lo había dicho antes: me gusta hacer segundas y terceras partes de las cosas. Y más cuando tengo la impresión de que mi caprichoso yo extraña hacer continuaciones de los temas que han sido gratos para su caprichosa existencia. Así que por ahora seré esclavo de las circunstancias y escribiré un poco, un poquito no más, como para quedar en paz con mis obsesiones.

De Corvus Corax supe hace unos años, en una de tantas búsquedas de no-se-qué cosas que nunca se me perdieron y que nunca encuentro, pero en las que de todos modos me llevo cosas para el deleite personal (en la mayoría de casos, valdría la pena aclarar). En un principio no me apetecía mucho su música, pues mi oído aún no se había atemperado a los extremos de la actualidad de esta entrada. Pero la vida en la atarraya se encarga de llevarnos de nuevo hacia lo que es bueno las veces que sean necesarias para que nos convenzamos de ello, y por ello hace poco re-descubrí los sabores medievales y frenéticos de estos germanos endiablados, y antes de que termine sobreadjetivando, diré que el reencuentro fue sabroso; pude ver con mayor claridad un sonido cargado de júbilo desordenado, concentrado en melodías enérgicas y de divertido misterio, que de alguna forma me hacen desear estar en algún loco recital protagonizado por ellos, borracho hasta las canillas, saltando en masa con personajes cercanos y lejanos, hipnotizados todos por gaitas, tambores y violas de rueda en las manos. ¡Qué fantástica orgía disfrutaríamos! Los tendré en cuenta si en algún momento futuro me da por concretar y limitar mis gustos musicales, momento que espero que no llegue jamás...

Soy consciente de que no he dicho todo lo que podría decir acerca de las impresiones e ideas emergentes tras escuchar y ver en una ventanita pixelada a estos monstruos. Es más, tengo la sensación de no haber dicho nada. Poco importa, e incluso me divierte la idea de no haber dicho nada en tantas líneas organizadas. Ya algún distraído sacará provecho de lo que he redactado. Eso sí, espero, que, como mínimo, más de un distraído encuentre en el pequeño rastro audiovisual que incluyo algo de lo que yo encontré en el mismo: ¡Ganas de empuñar las manos y gritar al ritmo del Saltarello en la sala o el estudio de la casa!

Sí, eso hice, y qué. Ahí les va, corderitos:


viernes, 25 de diciembre de 2009

Nostalgias 1.2

Ese gran impulso que ha tenido la industria de los videojuegos en los últimos años ha hecho que muchas personas de todas las edades deseen dentro de su sala una consola. Este eco ha llegado hasta los límites de mi existencia: padres de familia, amas de casa y compañeros en general me han expresado sus deseos de adquirir una consola de última generación (Xbox 360, PlayStation, Nintendo wii). Otros no me lo han contado sino mostrado, con invitaciones indirectas a jugar donde me hacen saber la nueva joya de la casa. Estas situaciones me han llevado a desear con muchas ganas hacerme a una de estas maravillas, pero sé, que esto sería un gran inconveniente para mis sueños, teniendo en cuenta el desordenado ritmo de vida que llevo y que por ahora no logro ordenar.

Mientras la vida transcurre cada vez más conectada a los mundos posibles ofrecidos por los videojuegos, yo los saludo de lejos, les doy la mano, les guiño el ojo, pero me despido de inmediato, no vaya a ser que me encante de nuevo con todas las posibilidades de la virtualidad y termine como en otras ocasiones, viviendo la vida de otros personajes atrapados en Megabytes, mientras el tiempo se encarga de llevarme a donde buenamente se le ocurra. Mejor no escribo más, solo hace que me ilusione mas con la idea y es mejor no tentar…

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Autocensura

De pronto eso es lo que pasa. De pronto es ésa la razón de mi accidentado y dolorido ritmo de escritura. De pronto es ése el motivo de mi zozobra frente a la plantalla sin letras mías. De pronto, carajo.

Lo digo porque ahí está, fregándome las cosas y revoloteando impune dentro de mi cabeza,, como si el problema no fuera con esa cosa. Algunos la llaman "conciencia", haciendo referencia a esa voz interior, y mentalmente audible, no relacionada con asuntos esquizofrénicos, que cuestiona bajo una lupa ética (y un tanto moral) mis acciones, y las analiza conmigo en un diálogo con aires de monólogo... pero esa insistente voz mental que es mi conciencia no es la que me está jodiendo, no. Es otra cosa, otra presencia, más silenciosa, menos amable, influyente de alguna forma poderosa en mi pensar y actuar, y que me jode en el momento de hacer las entradas, y me hace borrar lo que ya tengo escrito, sin oportunidad de hacer pentimentos como en una pintura, porque nada queda debajo de nada aquí, y por eso lo borrado se me pierde casi que para siempre.

Y se que viene de mí. Y es que soy yo el que la alimenta. Y es que, más que una presencia, es una actitud, un hábito. El hábito de aplicar la autocensura sin treguas en mis palabras, de confrontarlas agresivamente y eliminarlas sin permitirles a veces que vieran la luz de papel o de cristal líquido. De desechar mis posibles temas de escritura por las razones más ambiguas, como si de un concurso televisado de preguntas y respuestas rápidas venido a menos se tratara. De alzar la bandera de la dificultad como señal de conquista foránea en mis propias tierras, que antes veía llenas de creativas oportunidades, y luego veo convertidas en tristes letargos.

No es un asunto trágico. No es algo que amerite perder la máscara de la cordura. Pero si resulta frustrante. Saber que en el espacio relleno entre mis orejas intentan aterrizar muchas ideas y ocurrencias, y que casi todas ellas se ven masacradas por mi desidia y mi impotente cohibición a escribir lo primero que se me ocurra sin tapujos (aspecto que casi que termina flotando en mi inconsciencia), es algo que me frustra.

Cada vez se me hace más difícil lidiar conmigo por esta autocensura, sobre todo porque hace que escribir entradas sea un ejercicio demorado y agotador, que me hace ver susceptible de caer en la desesperanza de borrarlo todo y dejar pasar los días en blanco. Por fortuna y alegría, o como mínimo a modo de consuelo de seres no tan tontos, La figura de la autocensura ha quedado en evidencia. Su escondite fue desintegrado, y ya no hay chance de escape o de consideraciones. La guerra íntima contra mí mismo puede ya empezar.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Nostalgias 1

Casi desde que tengo uso de razón recuerdo haber jugado videojuegos. Todo empezó en una noche donde mientras mi familia salía a comer en un restaurante de la ciudad, yo me quedaba con mi tío probando la última y maravillosa consola del momento: el Nintendo, conocido por estos lados como “family”. Para ese entonces todavía se hablaba del terrible daño que ocasionaba la instalación de una consola en los televisores, por lo cual poco podía jugarla. Pero esa noche todo era magico,como todos iban a salían a comer los ánimos de la familia se encontraban elevados y logre el permiso para instalar el rectangular aparato blanco y disfrutar con su multitud de juegos incorporados. Esa noche se instalaron en mi mente personajes diversos y pintorescos, como un pequeño fontanero italiano y su hermano que comían hongos mientras limpiaban cañerías, un pequeño animalito (que en ese entonces tome como búho)que explotaba con enormes bolas negras todo a su paso mientras buscaba escapar de inmensos escenarios plagados de gelatinosos fantasmas amarillos, una extraña criatura que comía galletas mientras derrotaba fantasmas, pero esta vez de colores, en fin, un sin número de mundos se instalaron en mi cabeza para siempre, esos grandes personajes, que para entonces no se sospechaba, llegarían a ser insignias de grandes empresas a nivel mundial.

Hoy en día, el mundo ha acogido a los videojuegos con seriedad. La industria de los videojuegos se ha posicionada y ha llegado a ser la segunda más productiva del mundo después del cine, eso ha hecho que sea mucho más sencillo encontrar, dentro de los “electrodomésticos de la familia promedio ” una consola. Este es un momento en el que muchas personas han logrado entender que los videojuegos y con ello implícito el jugar, ya no sea exclusivo de los niños, como tantas veces no lo dijeron. Sin embargo la lucha por la inclusión del juego como parte del desarrollo holístico de las personas todavía continua.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Unas palabras sueltas

Antes de escribir esta entrada, estuve pensando un poco en el tema de la misma, y gracias a ello pasé más de media hora mirando una pantalla y una pantalla de creación de entradas vacía. y fue entonces cuando me di cuenta de que, a pesar de llevar ya un buen par de meses de labores en este blog —que presumí aptos para conseguir la adaptación y el hábito de escribir con regularidad en un espacio visitable por cualquier ciberparroquiano—, aun siento esa presión, esa molestia extraña en el pecho, esa angustia que se parece a la que se vive en la espera, y que al parecer me ha acompañado, con irregular vehemencia, desde mi primera entrada, y que ha hecho de mi proceso de adaptación un sutil calvario. A pesar de esto, he de continuar, pues tengo un consuelo y un reto: mi consuelo es el hecho de saber que el acto de escribir no siempre me provoca sufrimientos, pues como mínimo percibo cierta satisfacción cuando veo mi entrada publicada, desprendida de mí después de darle clic al sólido botón naranja que conocen muchos blogueros; mi reto es publicar lo más pronto posible para no pagar el precio que supone pasarme del plazo impuesto por mi compañero de blog y yo (de este último detalle hablaré más adelante, lo prometo). Y desde ya esos dos elementos hacen emerger otras razones de peso que motivan mi atropellada pero luchadora perseverancia, como la adquisición de disciplina, el manejo del tiempo de dedicación a la escritura, el acto creativo que nace en la necesidad de reflexionar sobre cualquier tema, la posibilidad del jugueteo verbal y de experimentación que da un espacio libre como éste, la aparición repentina (aunque latente desde antes) de un tema del que puedo sacar mucho jugo (la intrusión de un yo o de un alterego inquisidor), la conciencia por saber que somos a la vez autores y editores de nuestro trabajo, y que de nosotros depende que las entradas vean la luz con decencia... entre otros detalles que representan ganancia de experiencia en el espinoso y genial oficio de la escritura.

La presión al escribir aun sigue, y probablemente seguirá por un buen tiempo (quiero desconocer los porqués). Digamos que, como mínimo, le hallé un poco más de sentido en el informal oficio de bloguear. Aguantaré la presión mientras me sea posible... y tal vez la domestique, o tal vez podamos convivir juntos de mejor manera, o... Tal vez simplemente siga yo con nuevas entradas., cada vez con más gusto y frecuencia, sin importar los para qués...

He aquí que ya dije lo que quise decir.