viernes, 11 de julio de 2014

Octubre 10 de 2013

Hoy llegó N. a la clase, tan primorosa y tan radiante como siempre aparece ante mis ojos. Tenía el pelo mojado. Sus curvas me provocan en esa forma lasciva que despierta mi parte animal, y su rostro entusiasma mis idealizaciones y fantasías románticas. Esta combinación tan perfecta, tan justa en su medida, que pocas mujeres alcanzan… me vuelve loco, me subyuga, en particular cuando se contrasta con mi incapacidad.

No había mucha gente. De los siete alumnos, solo dos —ella y yo— éramos de la carrera; los demás tomaban el curso como estudiantes externos. Probablemente esto fue el sustento de la complicidad que hoy me mostró con más énfasis que antes. Yo le señalé unas hojas rosadas en las que ella había imprimido un archivo. La verdad es que yo también estaba en un ánimo raro, más aventurado de lo normal.

Como siempre, llegó un momento en el que la profesora nos puso a hacer un trabajo idiota sobre una entrevista. A mí no me interesaba en absoluto, y de hecho estaba leyendo otra cosa en mi celular, hasta que la profesora hizo un comentario al respecto. Yo no tenía la entrevista a mano.

—Dale, Jeremías, vení —me dijo N., que ya estaba asociada con otra compañera.


lunes, 21 de abril de 2014

Sobre el futbol

El futbol siempre significó muy poco para mí, lo practiqué de niño en la carretera frente a mi casa, junto a mis amigos del barrio, y en ese entonces un par de piedras que marcaban los arcos y un balón eran suficientes para compartir alegrías que para mí no pasaban por hacer goles o jugadas; sino por el hecho de jugar y compartir con ellos. En el colegio lo practiqué poco, solo cuando no había opción de ir al club de ajedrez o cuando a falta de jugadores tenía que llenar el hueco faltante para el equipo. No lo jugué más porque no soy bueno, pero principalmente porque no me apasiona, no mueve en mi ninguna fibra que me conecte con el alma.

Por otro lado, verlo me interesó un poco más, cuando me despertaba los sábados a la mañana encendía el televisor y veía fragmentos de los partidos de la Premiere League de Inglaterra. Había (aún hay) muchas emociones y estrategias que me gustaba observar incluso sin tener gran idea de los equipos que jugaban. Con el tiempo, se volvió para mí un hábito alternar los partidos de la premiere con las carreras de la fórmula uno. Fue tanto el interés que terminé por aseverar que era fanático del Manchester United. Sin embargo, con el paso de los años esto se fue disipando mientras iba explorando mi verdadera pasión deportiva, el tenis. Durante muchos años el futbol desapareció de mi vida y me volqué a las canchas de tenis donde me siento realmente feliz.

Aquí en Buenos Aires, desde un tiempo para atrás ha vuelto el futbol a mi vida. Sin darme cuenta del todo me descubría viendo futbol a granel: Champions League, premier League, Sudamericana, Libertadores. Solo hace poco empecé a pensar en esa conducta como un síntoma, el futbol es tan universal que siempre que prendo el televisor me puedo ocupar en ver algún partido. Pero ¿por qué querría yo ocupar mí tiempo con futbol? Porque este me permite huir, no hacerme cargo de mismo, no puede ser con tenis u otra de mis pasiones porque no son tan masivas y fáciles de conseguir como el futbol. Aún sigo viendo futbol pero no con esa capacidad enorme que lo hacía unos meses antes, pero ahora sé que tengo que dejar un nuevo escape y seguir bajando a las profundidades de lo que sea que consume mis energías y que dejan a mi alma en la más absurda y desalentadora oscuridad.

viernes, 11 de abril de 2014

Por qué no estoy escribiendo

Debería revisar mi motivación. Todo partía de la sensación de extrañeza, de mi soledad, de mi insatisfecha necesidad de amor. Todo partía de la frágil visión que tenía de mí mismo, de verme como un ser debilucho e inútil. Trataba de compensar todo eso con algo de magia y de fe. Aspiraba de una forma casi religiosa a algo que me salvara o me redimiera, que limpiara el pecado de mi cobardía. Así que escribía. Ahora no puedo. Todo lo que hago me sabe a raro, a metálico. El fuego eterno se apagó: el hambre, las ganas de ir adelante, contra todo y con todo. Mi rebeldía, mi mal genio, mi impotencia como hombre y la enorme ausencia de mi madre me impulsaban. Todas esas cosas siguen ahí, pero ahora parecen hechas ceniza. Antes eran fuego, vida. Ahora se han secado y se han convertido en una costra de resignación, y quizás de algo de resentimiento.

Lo que sé es que detrás de todo eso lo principal era mi búsqueda de amor. El amor fue el que me hizo empezar a escribir, el amor fue el que me mantuvo despierto muchas noches. La posibilidad de amor fue la que me hizo querer dar pelea. Pero el tiempo ya ha pasado. Lo digo como un anciano, y probablemente en cierto modo lo sea, porque presiento que tengo la muerte cerca. ¿No podría entonces ser esa una especie de madurez, de revelación? ¿No podrá ser esta voz de anciano la de alguien que empieza a revisar su existencia antes de dejarla? No digo que me vaya a autodestruir porque ya crucé ese límite. Debo reconocer que la ilusión de escribir y la del amor —la del amor que aún creía poder conseguir una vez me redimiera— me salvaron. Creía que escribir me permitiría alcanzar el amor, y de hecho fue así. Sentí el amor del mundo, el amor superior, el amor fraterno, pero del amor visceral, el amor de carne, de cuerpo, de mujer, de ser humano, me resultó tan esquivo que llegué a concluir que me está prohibido. Deberían bastarme las otras formas de amor, más espirituales y perfectas, pero tengo un cuerpo humano, así que no.

De manera que todo es una justificación de eso, de por qué el amor puede serle prohibido a alguien. De cómo una naturaleza inclinada a lo oscuro, a la tristeza y al dolor mancha y anula cualquier necesidad de luz. De cómo no hay salvación. De cómo la fe no basta. De cómo no hay cura. De cómo se vive como un alma condenada. Eso creo: hay almas que tienen que pagar una condena, porque se hizo algo malo antes. Esas almas vuelven a cumplir un ciclo en esta vida, pero cargan con un castigo, con una seña. Creo que mi alma es una de ellas. La sangre teñida de negro es la materialización de eso en Adaleón.


He ahí el problema: que dejé de creer en la salvación, mis esperanzas se están apagando. ¿Entonces qué sentido tiene llevar a Adaleón a otra revelación tan triste como la que yo estoy teniendo? Sería fracasar doblemente. Podría decirse entonces que la literatura es el camino, que ella me ofrece esa posibilidad, que si yo no pude en mi vida, Adaleón sí. Pero es muy difícil escribir sin fe y sin amor, sin fuego eterno. Es muy difícil sin convencimiento. Es muy difícil cuando ya no se ve ninguna salvación en el mundo real. Me estoy resignando poco a poco a esperar mi momento, el fin de mi condena. Trataré de no hacer daño, de no destruir nada, mientras espero tranquilamente mi libertad. Podría construir tal vez, escribir esa gran novela que todos dicen ver, pero la verdad es que estoy muy desilusionado y no veo de qué pueda servir, si eso no embellecerá ni salvará a nadie.

lunes, 7 de abril de 2014

Sobre algunos jugadores de Arsenal

El domingo Arsenal jugó contra Everton a las 9:30 de la mañana de Argentina. Ese mismo domingo me fui a dormir a las seis y media de la mañana. Programé la alarma para tres horas después, pero no sé si sonó o no. Seguí derecho hasta mediodía. Mi cuerpo y mi mente han asumido del todo que debo dejar atrás a Arsenal. Mi corazón… todavía se mueve un poco cuando lo mencionan, cuando pasa algo relacionado con el equipo, cuando sé que va a jugar, pero decidí anular ese impulso por razones que no explicaré ahora.

lunes, 24 de febrero de 2014

Kitchen



Me alegra no haber conocido a Banana Yoshimoto por medio de su primera novela, o nouvelle, Kitchen. Esta obra es la más nombrada de la autora y a mi parecer la menos entretenida. Por supuesto que tiene su magia, que ya permite ver algunos vestigios de la literatura de esta escritora japonesa. Pero a mí me parecer está aún verde, y es normal, es su primera novela. Creo que lo que se evidencia en Kitchen es una excesiva atención en la aventura física del personaje que hace que se siga obsesivamente una ruta lineal que termina por descuidar los elementos y personajes mágicos que la novela fue creando.
No digo que la novela sea mala, porque no lo es, de hecho disfruté mucho de su lectura, más allá de que me encontré con algunos elementos que no sé, si por descuido de la autora, o por problemas de la traducción lograban sacarme de la historia narrada por Mikage.
La novela empieza bastante bien, quizás demasiado bien y eso es lo que termina afectando el texto, que no logra mantener la promesa de gran libro de su inicio: “Creo que la cocina es el lugar del mundo que más me gusta. En la cocina, no importa de quién ni como sea, o en cualquier sitio donde se haga comida, no sufro. Si es posible, prefiero que sea funcional y que esté muy usada. Con los trapos secos y limpios y los azulejos blancos y brillantes”. 


Mientras escribo esto se me ocurre que quizás una de las cosas que más me molesta es el título, porque promete una aventura ligada a la cocina como espacio mucho más profundo de lo que termina siendo. Por supuesto que la autora no se olvida de la importancia de la cocina en el relato, y que lo usa lo más que puede dentro de su obra, pero pocas de sus escenas logran sostener esa relación espiritual que hay en la primera parte del libro con la cocina. La impresión que me queda a mí, es que la escritora se enamoró de ese primera página que escribió y no quiso modificarla al final, pese a haber escrito una novela, que como es normal en literatura, fluctuó hacia otros lados.
Cuando digo al principio que me alegra no haber conocido a Banana con esta novela, lo hago con alivio y con mucho respeto, Banana Yoshimoto es mi escritora fetiche, leo todo lo que encuentro de ella. Realmente me gusta habitar sus mundos, conocer a sus personajes. Y creo que todo esto no hubiese pasado si mi primer contacto hubiese sido Kitchen. El libro, que está “dividido” de forma extraña, presenta tres partes, Kitchen propiamente dicho y Luna llena que corresponden a la historia de  Mikage Sakurai. Por otro lado, cuando parece que vamos a leer la última parte de la novela aparece un tercer subtitulo llamado MoonLight Shadow que para mi sorpresa mayor corresponde a un cuento aparte, sin relación aparente con Kitchen. Si, sin un final tan claro, Kitchen se acabó y empezó esta otra historia, por cierto, la más hermosa del libro. 
En esta Satsuki se ve enfrentada a la perdida de su novio Hitoshi. Durante esta fantástica historia nos vemos acompañados no solo de unos personajes hermosamente logrados como en Kitchen sino de una trama y un manejo del ambiente perfecto , lo que le da al cuento una altura, profundidad y a mi gusto, religiosidad que te atrapan de forma maravillosa y que no consigue Kitchen.
No sé porque aparece este cuento allí, como un sobrante, al final. Pero hay que agradecerlo porque es un cuento hermoso que poco tiene que ver con las cocinas, pero si mucho con la muerte y sus ecos, al igual que Kitchen.

lunes, 27 de enero de 2014

Viernes 24 de enero de 2014




Hoy, después de casi dos meses, me sentí de nuevo un ser humano. Sí, un ser humano. Y es que he descubierto que cosas tan simples como ponerme un pantalón largo, una camisa y medias me hacen sentir vivo y cómodo.

En Buenos Aires estamos pasando por una de las oleadas de calor más fuertes de toda la historia y he tenido que llegar al punto de usar shorts, bermudas y hasta chancletas para poder medianamente darle la cara al mundo. Viviendo esa incomodidad por tantos meses fue un alivio que hoy pudiera simplemente vestirme, salir a caminar y sentirme vivo, sentirme humano.

Disfrutaré este fin de semana de tregua porque la otra semana se viene de nuevo el calor y tendré que volver a las incomodas andanzas que me alejan de mi confort y humanidad pero me permiten sobrevivir ante la fuerza del clima que me pone a soñar día tras día con la llegada, aún lejana, del invierno.

sábado, 25 de enero de 2014

Enero 25

- Me acabo de dar cuenta de que la razón por la que no estoy escribiendo bien es que estoy demasiado encerrado. Si bien detesto hablar con otro ser humano que apenas conozco, si bien cualquier cosa me molesta de cualquier persona, necesito estar entre seres humanos funcionales, que tienen pareja y trabajo y casa y quizás hijos y hasta un perro. Necesito rodearme de eso que me resulta tan ajeno e inalcanzable, sintiéndome como un intruso, como un vigilante, como un fantasma que registra. Yo no soy más que eso. De eso se trata lo que escribo y quizás esa es mi forma personal de absorber energía: capturando a los demás —antes dibujándolos, hoy escribiéndolos—, robándoles partes para mis propias creaciones. En estos últimos días he acentuado demasiado mi encierro.

A propósito de eso, también sé que Argentina es mi cueva, que este es el lugar al que vine para hacer cosas que nadie sepa y sin que me vean ni midan el paso del tiempo en mi cuerpo o en mi rostro. Argentina es el refugio al que escapé, en el que me aislé del que todavía considero mi mundo real. El de Argentina es un estado mental y espiritual, un retiro, quizás un largo viaje a bordo de una novela frágil que hace agua en cada tormenta.

Lo que yo soy acá no es el Capablanca de verdad, pero sin duda, cuando vuelva a la realidad, cuando despierte de este profundo coma, quedaré marcado por el álter ego con el que me muevo actualmente. Probablemente hable distinto, probablemente mire de forma distinta, probablemente me sientas distinto, probablemente huela y me mueva de otra forma (¿más ligera? ¿Más pesada?), y es probable que esas secuelas no te gusten.

miércoles, 22 de enero de 2014

Una carta de amor para un concurso de hace años

Sobre esta carta cuento que la escribí en el 2008 para un concurso de epístolas que la tertulia Liberatura hace anualmente, el cual gané (creo que me dieron 8 mil pesos, mil por cada participante inscrito), y que iba dirigida a alguien que me gustaba mucho en ese entonces (y aun ahora, aunque de forma diferente). Seis años después la releo y la encuentro empalagosa, saturada de barroquismos, un poco lastimera. Pero no me disgustó nada de esto. Incluso me divertí en la relectura y me reí un poco de ese Alfonso que, además de intentar sacarse un diablo de la cabeza, quería ganarse unos pesos para la cerveza (o para comer alguna arepa rellena o empanadas; me inclino más por la opción alimentaria), bajo un seudónimo que saqué de una página que aparentemente arrojaba el equivalente de mi nombre en idioma élfico: Lólindir Elanessë.

Realmente no tengo muy claro qué busco al publicar esta carta. Pienso en las razones y se me ocurren varias, sin que ninguna me convenza a pleno. Quizás al publicar esto aquí sienta que existe la posibilidad de que la mujer a quien iba dirigida la carta desde un principio la lea, así jamás llegue a saber que es ella la destinataria. Puede ser que solo quiera compartir algo aquí y sacar un poco del abandono este blog, o más bien sacarlo de mi abandono, que quiero asumir esta vez como una falta; así que, para reactivar esto con celeridad y al no haber escrito algo nuevo últimamente, recurro de nuevo a textos viejos pero "inéditos".  O tal vez quiera llamar la atención, como es usual, e incluso ir más allá y esperar puerilmente que cualquier otra chica lea la carta, se conmueva con sus letras y me ofrezca salir con ella y quiera ser la musa de nuevas y más excitantes cartas...


-Bueno, ya, contrólese, que se le notan demasiado las ansias. Compórtese, carajo, o lo hago comportar yo, descarao.

Bueno, me controlo, aunque no entiendo por qué cree que puede amenazarme. Contrólese usted, también.

-Está bien, está bien, también me calmo. Pero por favor, deje la majadería.

Ah, ya comenzó de nuevo... mejor hablamos luego. 


Pueden ser todas las razones o ninguna de ellas. Lo cierto es que está el deseo de hacer pública la carta. Y como suele pasarme con ciertas ideas persistentes que me llegan de repente, ese deseo me picaría en la mente con fuerza si hiciera caso omiso o no atendiera oportunamente a su llamado. Dejo entonces la carta, sin ediciones ni modificaciones, y no molesto más la vida por hoy, esperando de verdad molestarla en breve y poder así decir que volví a este espacio. 


P.D.: Originalmente, la carta que entregué estaba en físico, por lo que habrán referencias a la hoja de papel que ya no aplican al presentarla en este formato. Espero sepan comprender....

miércoles, 8 de enero de 2014

8 de Enero de 2014

Busco razones para seguir escribiendo una novela que hace meses dejé de escribir. Busco y busco (en verdad que busco) pero entre más lo hago, más lejano me siento de todo. Como si encontrarle algún tipo de sentido a esta novela pudiera poner en peligro mi existencia(o quizás mi salud).

A veces pienso que esta búsqueda no es más que un alargamiento de mi huida, porque eso si lo tengo claro, estoy huyendo de todo, una buena excusa para seguir perdido, anestesiado en la nada; como estos años de exilio dentro de mi mismo. Porque el lugar donde menos estoy es en Argentina, aunque el afuera intente demostrarme lo contrario. Yo lo sé; sigo atrapado en un lugar sin nombre y sin salida.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Pensamientos flojos VIII

(Los siguientes son algunos pensamientos flojos escritos en momentos diferentes, y que por desgracia no están fechados en forma individual. Fiel a la serie, son flojos y, en algunos casos, sin editar. Y que publico porque sí... incluso con las notas que suelo ponerme a mí mismo cuando dejo un texto a medias. O no tanto porque sí, sino porque más adelante quiero revisar qué era lo que a veces pasaba por mi cabeza antes de publicar algo. Como una oportunidad de ver los pentimentos... bueno, eso suena pretencioso, lo admito. Y se que la cosa se agrava cuando, al ponerme a analizar bien, caigo en la cuenta que, igual, publico borradores de ideas con la cara lavada y unos cuantos acicalamientos. De todos modos quiero hacerlo, tener el registro publicado de una entrada en su versión cero, antes de entrar en la tan sobrevalorada versión uno. 

O bueno, yo no se... de pronto me estoy dando mucho palo con esto. Qué importa que estos sean borradores. Mi idea con este blog nunca fue realmente literaria en un sentido estricto, si bien trato a menudo de reflexionar sobre ciertas situaciones con un mínimo de seriedad en publicaciones que, espero que en la mayoría de casos, me sirvan como base, como germen, como semilla para futuros escritos más pensados y más luminosos, si se puede.

Dejo entonces estos pensamientos flojos e incompletos. Ya veré después qué me digo acerca de esto.)


jueves, 14 de noviembre de 2013

No puedo leer

Leí Las ratas, de José Bianco. La única razón por la que llegué hasta el final fue que tenía que hablar de esa nouvelle una hora más tarde. Quizás esta lectura apresurada excuse la obra; es probable que algún detalle se me haya pasado por alto. Sin embargo, también me permito tomar esta primera impresión como la que deja un texto que han acabado de leer en el taller. En cualquier caso, con cualquier atenuante, quedé defraudado.

Llevo un largo tiempo con una gran incapacidad para terminar lecturas. Esta es una lista de libros que empecé y que quedaron marcados en ciertas páginas, detenidos —en algunos casos— por meses:
  • La conjura de los necios, de John Kennedy Toole.
  • Henderson, el rey de la lluvia, de Saul Bellow.
  • El primer tomo de Notre Dame de París, de Victor Hugo.
  • Las cartas de la ayahuasca, de William Burroughs y Allen Ginsberg.
  • Senilidad, de Italo Svevo.
  • Uno que tiene las dos novelas de Flannery O´Connor.
  • Tres rosas amarillas, de Raymond Carver.
  • El almuerzo desnudo, de William Burroughs (este ya se lo devolví a su dueño).
  • Adiós a las armas, de Ernest Hemingway (un archivo pdf que no abrí más).
  • La higiene del asesino, de Amélie Nothomb.
Y hay otros que ni he abierto:
  • Rojo y Negro, de Stendhal.
  • Paraíso reclamado, de Halldór Laxness.
  • Las aventuras de Huck, de Mark Twain (aunque este ya lo he leído antes).
Solo he concluido estos:
  • El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.
  • Conversaciones con el profesor Y, de Louis-Ferdinand Céline.
  • El cazador oculto, de J.D. Salinger (el que más rescato de todos).
  • Una versión pirata de La palabra del mudo, de Julio Ramón Ribeyro.
Nada me convence ni me maravilla. Si bien reconozco las virtudes y el repertorio técnico de los escritores, ninguno de los que he abandonado ha llegado a conmoverme ni a atraparme. En ese fugaz duelo que se juega un escrito para atraer a un lector, desafortunadamente han ganado mi indolencia y mi pereza. Esto ni siquiera es consciente; simplemente, los días pasan y me doy cuenta de que el libro está estancado en la misma página. A veces se queda dentro de mi maleta largos periodos de tiempo.


jueves, 10 de octubre de 2013

Maullido

Alfen, el pueta
La cosa es así. El miércoles 09 estábamos en una de las tertulias literarias que hacemos con unos amigos. El tema era la Generación Beat. La idea era tener un panorama general de lo que pasaba en esa época, hablar de los principales escritores que formaron la escena, leer algunos poemas de ellos. Todo muy bien hasta que me puse un suéter de cuello de tortuga, una boina y unos lentes oscuros y comencé a hacer la caracterización, lo más paródica posible, de un poeta beatnik, con gestos, maneras y vocabulario que daba a entender que este poeta se creía lo más sofisticado y poético de la ciudad. Mientras leía sus "poemas", Alfen el "pueta" o "poetastro", soplaba de vez en cuando una harmónica para "acompañar" lo que iba leyendo, y contínuamente los acusaba de ser "cuadrados" y ajustados a la norma, entre otras cosas.

Creo que a mis compañeros no les gustó nada lo del poeta. Y los entiendo: se que exageré un poco la nota. Pero ya había decidido hacer el personaje, así que no me pude echar para atrás, si bien no llegué hasta las últimas consecuencias...

Mejor vamos al grano. Para la caracterización escribí una parodia del poema de Allen Ginsberg Aullido, más exactamente de la primera parte. La parodia no era ni pretendía ser algo bien hecho; lo tomé como una broma, como una muestra de lo que ese poeta fastidioso escribía. Tomé la estructura de esa primera parte de Aullido y la llené de referencias locales, de situaciones que bien habrían podido pasar en Ibagué o no haber pasado nunca en ningún lugar, y traté de hacer las frases lo más largas posibles para que se asemejaran a las del poema original. Antes de leer mi texto leí primero Aullido y luego, pasados varios minutos y luego de haber conversado un rato sobre varios temas, leí mi texto. 

Yo escribí eso como una broma, una payasada para mi personaje (que pretendía mostrar mi versión del estereotipo beatnik, la burla que los medios de comunicación gringos hicieron de todo aquel que tuviera afinidad con el fenómeno beat en los años 60). Pero a algunos les pareció que había muchas cosas que un ibaguereño o alguien que haya vivido mucho tiempo en esta pequeña ciudad reconocería. Algunos me dijeron que les había recordado un texto de hace siete años que se difundió por miles de correos y con el que muchos se sintieron identificados, y que no tendrá un valor literario como tal pero que sí es valioso por mostrar de forma vitalista todos esos aspectos de la ciudad que hacen que la disparidad de edades y condiciones sociales se difumine y exista un punto de encuentro en el que sonreímos todos, y en el que acaso un foráneo pueda tener un esbozo de mapa de costumbres e idiosincrasias con el que guiarse si alguna vez pasa por la ciudad musical.

Mi texto tampoco tiene pretensiones literarias, pero sí puede ser un nuevo punto de encuentro, uno al que se le pueden añadir nuevos encuentros, situaciones al límite o simplemente chascarrillos extensos que arranquen un par de sonrisas entre quienes lo lean. O no. Sencillamente dejaré el texto aquí y que cada quien piense lo que quiera.


domingo, 6 de octubre de 2013

Una carta a mí mismo

La siguiente es una transcripción de una carta que me escribí recientemente. No está fechada adrede, así que el único indicio que tendré en el futuro de una fecha aproximada será esta entrada. La carta fue escrita para un pequeño concurso de cartas de amor propio que se hizo en la tertulia a la que voy desde hace ocho años. Le hablé de la carta a Juan y éste me sugirió que la transcribiera, pues hay en ella un tema que me produce cierta ansiedad en mi actualidad; según Juan, al momento de escribir "la fuerza radica en la sinceridad" (dispensarán la cacofonía triple) y creo que en la carta hay algo de eso. Por eso decido transcribirla, más que para otros para mí, para encontrarme con ella en el futuro por si la versión original se pierde y así leerme y pensar un poco en todo lo que se gana, para la vida y la escritura cuando se escribe en estado de "desnudez". Y sacarme una sonrisa, una que espero muy amplia. 

En el momento de transcribir tenía los ánimos muy desgranados (suele pasarme los sábados desde hace años), pero por fortuna logré encontrar un poco de fuerza para obligarme a hacer el ejercicio de sentarme y pasar del papel a la pantalla esta carta. La transcripción intenta ser una reproducción exacta, sin correcciones de estilo (ni siquiera tildes) y anexando las palabras tachadas y las inclusiones de última hora. Así que ahí va.

La carta en papel ocupó dos hojas carta por ambos lados.
Como la mia lettera es enorme, la carta parece más extensa de lo que es en realidad.

jueves, 3 de octubre de 2013

Octubre 3

- Llevo varios días intentando distintos arranques de capítulo y no paso más allá del primer párrafo. Nada me convence, nada fluye por sí solo. Estoy en una curva de declive terrible. La próxima semana debo ir al taller y no tengo nada hecho, ni siquiera una idea, pocas ganas. Me cuesta mucho concentrarme.

Hoy estoy particularmente irritado. Me di cuenta ahora que estoy en clase. Verme rodeado de gente me pasmó, me llevó a la versión dura, silenciosa y odiosa de mí.

Alguien dijo: “No le conocemos la voz”. Me pidieron entonces que hablara y me rehusé. No tengo ganas, ni fuerzas, ni estímulos, más allá del fútbol. No me entusiasma nada.

Como se podrá ver, estoy escribiendo como la mierda.

Frente a mí está sentada N. Ese encanto irresistible que ejerce sobre mí sin proponérselo. Me pregunto si querría anular ese encanto, si me convendría más construir un cerco que me resguarde.

—¿De qué?

No sé decir. Simplemente, ver a alguien así me deprime, me subyuga, me hace sentir amenazado. Es como si el mundo estuviera a punto de romperse y el atractivo de alguien como N. fuera el último destello antes del quiebre definitivo, el último estertor, la última posibilidad, los huevos de la cucaracha antes de morir.

¿Por qué mi naturaleza es tan restrictiva? A veces pienso que la muerte será la única forma en la que purgaré mi condena. Pienso que debo esperar pacientemente, como un preso, a que esto termine. Suicidarse es hacer trampa: habría que empezar todo de nuevo, así que veo mi vida como una especie de condena. Hay que esperar, dejar que el tiempo ruede y me aplaste. Y así lo que escribo es una simple crónica de mis días de prisión.

Aunque a veces me resisto a esa condena, a esa crónica, a esas tareas tediosas de mi celda. Me escondo en el sueño. Duermo como un enfermo: doce horas, a veces más, y aún tengo más sueño después. Solo quiero dormir y ver fútbol. Lo demás pierde su importancia y su contorno.

Maldita sea, odio todo: a la gente, a la profesora de esta clase de mierda, esta ciudad, a N., a mí mismo, a Daniela, a la gorda escurrida que viene a esta clase, odio escribir, odio vivir así.

Amo a mi padre, amo a mi hermana, amo a Arsenal, amo mi soledad, amo escribir, amo tener dinero.

- Si N. me ignorara y me despreciara me haría las cosas mucho más fáciles, pero a veces se despide de mí, a pesar de que no la haya determinado en toda la clase. “Chau, Jeremías”, y con eso me fulmina. Sopla los pocos ladrillos que pongo.

Necesito ponerle una tapia a esa influencia en mi vida, para que no me afecte mi impotencia y mi incapacidad y mi pereza; para no decirme: “Mira, imbécil, lo que te pierdes”. De ese modo puedo seguir adelante. Si no, cada miércoles y cada jueves y cada vez que la vea se me van a convertir en una tortura. Así que ahí voy, poniendo un ladrillo sobre otro, con mucho esfuerzo porque me pesan, y ella llega cada tanto con su mirada y con su saludo, tan simple como eso, y los derriba. Me queda otra vez el panorama de ella, tan inalcanzable, tan incomprensible, tan llamativo.

Me gustaría nadar en ella, respirar sobre ella, escribir sobre ella, dibujarla, escucharla, olerla, saborearla, tocarla, vivirla, pero entre ella y yo se interpone un cerco invisible, impenetrable, de una naturaleza superior a mí.


Quizá se trata de eso. En el fondo, solo intento darle una forma material al muro con mis ladrillitos de silencio. 

miércoles, 2 de octubre de 2013

Observación de sábado

- En el colectivo 55 iba una pareja. Tendrían unos sesenta años. Ella hablaba con mucho entusiasmo, se la pasaba sonriendo. Parecía recién enamorada... quizás lo estaba. Enfocaba su mirada en él, pero no la mantenía fija. Recorría el rostro de él de arriba abajo, de un lado a otro. No giraba su cabeza ni nada; solo los ojos. Se movían como una máquina registradora en sentido horario. No se detenían. Sus ojos eran un frenesí pero solo abarcaban una cosa, a una sola persona: a él, cada imperfección, cada gesto, cada rasgo.

Esto tenía tanto de conmovedor como de enfermizo. Si me fijaran la vista así, me volvería loco; no podría aguantarlo.