lunes, 27 de enero de 2014

Viernes 24 de enero de 2014




Hoy, después de casi dos meses, me sentí de nuevo un ser humano. Sí, un ser humano. Y es que he descubierto que cosas tan simples como ponerme un pantalón largo, una camisa y medias me hacen sentir vivo y cómodo.

En Buenos Aires estamos pasando por una de las oleadas de calor más fuertes de toda la historia y he tenido que llegar al punto de usar shorts, bermudas y hasta chancletas para poder medianamente darle la cara al mundo. Viviendo esa incomodidad por tantos meses fue un alivio que hoy pudiera simplemente vestirme, salir a caminar y sentirme vivo, sentirme humano.

Disfrutaré este fin de semana de tregua porque la otra semana se viene de nuevo el calor y tendré que volver a las incomodas andanzas que me alejan de mi confort y humanidad pero me permiten sobrevivir ante la fuerza del clima que me pone a soñar día tras día con la llegada, aún lejana, del invierno.

sábado, 25 de enero de 2014

Enero 25

- Me acabo de dar cuenta de que la razón por la que no estoy escribiendo bien es que estoy demasiado encerrado. Si bien detesto hablar con otro ser humano que apenas conozco, si bien cualquier cosa me molesta de cualquier persona, necesito estar entre seres humanos funcionales, que tienen pareja y trabajo y casa y quizás hijos y hasta un perro. Necesito rodearme de eso que me resulta tan ajeno e inalcanzable, sintiéndome como un intruso, como un vigilante, como un fantasma que registra. Yo no soy más que eso. De eso se trata lo que escribo y quizás esa es mi forma personal de absorber energía: capturando a los demás —antes dibujándolos, hoy escribiéndolos—, robándoles partes para mis propias creaciones. En estos últimos días he acentuado demasiado mi encierro.

A propósito de eso, también sé que Argentina es mi cueva, que este es el lugar al que vine para hacer cosas que nadie sepa y sin que me vean ni midan el paso del tiempo en mi cuerpo o en mi rostro. Argentina es el refugio al que escapé, en el que me aislé del que todavía considero mi mundo real. El de Argentina es un estado mental y espiritual, un retiro, quizás un largo viaje a bordo de una novela frágil que hace agua en cada tormenta.

Lo que yo soy acá no es el Capablanca de verdad, pero sin duda, cuando vuelva a la realidad, cuando despierte de este profundo coma, quedaré marcado por el álter ego con el que me muevo actualmente. Probablemente hable distinto, probablemente mire de forma distinta, probablemente me sientas distinto, probablemente huela y me mueva de otra forma (¿más ligera? ¿Más pesada?), y es probable que esas secuelas no te gusten.

miércoles, 22 de enero de 2014

Una carta de amor para un concurso de hace años

Sobre esta carta cuento que la escribí en el 2008 para un concurso de epístolas que la tertulia Liberatura hace anualmente, el cual gané (creo que me dieron 8 mil pesos, mil por cada participante inscrito), y que iba dirigida a alguien que me gustaba mucho en ese entonces (y aun ahora, aunque de forma diferente). Seis años después la releo y la encuentro empalagosa, saturada de barroquismos, un poco lastimera. Pero no me disgustó nada de esto. Incluso me divertí en la relectura y me reí un poco de ese Alfonso que, además de intentar sacarse un diablo de la cabeza, quería ganarse unos pesos para la cerveza (o para comer alguna arepa rellena o empanadas; me inclino más por la opción alimentaria), bajo un seudónimo que saqué de una página que aparentemente arrojaba el equivalente de mi nombre en idioma élfico: Lólindir Elanessë.

Realmente no tengo muy claro qué busco al publicar esta carta. Pienso en las razones y se me ocurren varias, sin que ninguna me convenza a pleno. Quizás al publicar esto aquí sienta que existe la posibilidad de que la mujer a quien iba dirigida la carta desde un principio la lea, así jamás llegue a saber que es ella la destinataria. Puede ser que solo quiera compartir algo aquí y sacar un poco del abandono este blog, o más bien sacarlo de mi abandono, que quiero asumir esta vez como una falta; así que, para reactivar esto con celeridad y al no haber escrito algo nuevo últimamente, recurro de nuevo a textos viejos pero "inéditos".  O tal vez quiera llamar la atención, como es usual, e incluso ir más allá y esperar puerilmente que cualquier otra chica lea la carta, se conmueva con sus letras y me ofrezca salir con ella y quiera ser la musa de nuevas y más excitantes cartas...


-Bueno, ya, contrólese, que se le notan demasiado las ansias. Compórtese, carajo, o lo hago comportar yo, descarao.

Bueno, me controlo, aunque no entiendo por qué cree que puede amenazarme. Contrólese usted, también.

-Está bien, está bien, también me calmo. Pero por favor, deje la majadería.

Ah, ya comenzó de nuevo... mejor hablamos luego. 


Pueden ser todas las razones o ninguna de ellas. Lo cierto es que está el deseo de hacer pública la carta. Y como suele pasarme con ciertas ideas persistentes que me llegan de repente, ese deseo me picaría en la mente con fuerza si hiciera caso omiso o no atendiera oportunamente a su llamado. Dejo entonces la carta, sin ediciones ni modificaciones, y no molesto más la vida por hoy, esperando de verdad molestarla en breve y poder así decir que volví a este espacio. 


P.D.: Originalmente, la carta que entregué estaba en físico, por lo que habrán referencias a la hoja de papel que ya no aplican al presentarla en este formato. Espero sepan comprender....

miércoles, 8 de enero de 2014

8 de Enero de 2014

Busco razones para seguir escribiendo una novela que hace meses dejé de escribir. Busco y busco (en verdad que busco) pero entre más lo hago, más lejano me siento de todo. Como si encontrarle algún tipo de sentido a esta novela pudiera poner en peligro mi existencia(o quizás mi salud).

A veces pienso que esta búsqueda no es más que un alargamiento de mi huida, porque eso si lo tengo claro, estoy huyendo de todo, una buena excusa para seguir perdido, anestesiado en la nada; como estos años de exilio dentro de mi mismo. Porque el lugar donde menos estoy es en Argentina, aunque el afuera intente demostrarme lo contrario. Yo lo sé; sigo atrapado en un lugar sin nombre y sin salida.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Pensamientos flojos VIII

(Los siguientes son algunos pensamientos flojos escritos en momentos diferentes, y que por desgracia no están fechados en forma individual. Fiel a la serie, son flojos y, en algunos casos, sin editar. Y que publico porque sí... incluso con las notas que suelo ponerme a mí mismo cuando dejo un texto a medias. O no tanto porque sí, sino porque más adelante quiero revisar qué era lo que a veces pasaba por mi cabeza antes de publicar algo. Como una oportunidad de ver los pentimentos... bueno, eso suena pretencioso, lo admito. Y se que la cosa se agrava cuando, al ponerme a analizar bien, caigo en la cuenta que, igual, publico borradores de ideas con la cara lavada y unos cuantos acicalamientos. De todos modos quiero hacerlo, tener el registro publicado de una entrada en su versión cero, antes de entrar en la tan sobrevalorada versión uno. 

O bueno, yo no se... de pronto me estoy dando mucho palo con esto. Qué importa que estos sean borradores. Mi idea con este blog nunca fue realmente literaria en un sentido estricto, si bien trato a menudo de reflexionar sobre ciertas situaciones con un mínimo de seriedad en publicaciones que, espero que en la mayoría de casos, me sirvan como base, como germen, como semilla para futuros escritos más pensados y más luminosos, si se puede.

Dejo entonces estos pensamientos flojos e incompletos. Ya veré después qué me digo acerca de esto.)


jueves, 14 de noviembre de 2013

No puedo leer

Leí Las ratas, de José Bianco. La única razón por la que llegué hasta el final fue que tenía que hablar de esa nouvelle una hora más tarde. Quizás esta lectura apresurada excuse la obra; es probable que algún detalle se me haya pasado por alto. Sin embargo, también me permito tomar esta primera impresión como la que deja un texto que han acabado de leer en el taller. En cualquier caso, con cualquier atenuante, quedé defraudado.

Llevo un largo tiempo con una gran incapacidad para terminar lecturas. Esta es una lista de libros que empecé y que quedaron marcados en ciertas páginas, detenidos —en algunos casos— por meses:
  • La conjura de los necios, de John Kennedy Toole.
  • Henderson, el rey de la lluvia, de Saul Bellow.
  • El primer tomo de Notre Dame de París, de Victor Hugo.
  • Las cartas de la ayahuasca, de William Burroughs y Allen Ginsberg.
  • Senilidad, de Italo Svevo.
  • Uno que tiene las dos novelas de Flannery O´Connor.
  • Tres rosas amarillas, de Raymond Carver.
  • El almuerzo desnudo, de William Burroughs (este ya se lo devolví a su dueño).
  • Adiós a las armas, de Ernest Hemingway (un archivo pdf que no abrí más).
  • La higiene del asesino, de Amélie Nothomb.
Y hay otros que ni he abierto:
  • Rojo y Negro, de Stendhal.
  • Paraíso reclamado, de Halldór Laxness.
  • Las aventuras de Huck, de Mark Twain (aunque este ya lo he leído antes).
Solo he concluido estos:
  • El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.
  • Conversaciones con el profesor Y, de Louis-Ferdinand Céline.
  • El cazador oculto, de J.D. Salinger (el que más rescato de todos).
  • Una versión pirata de La palabra del mudo, de Julio Ramón Ribeyro.
Nada me convence ni me maravilla. Si bien reconozco las virtudes y el repertorio técnico de los escritores, ninguno de los que he abandonado ha llegado a conmoverme ni a atraparme. En ese fugaz duelo que se juega un escrito para atraer a un lector, desafortunadamente han ganado mi indolencia y mi pereza. Esto ni siquiera es consciente; simplemente, los días pasan y me doy cuenta de que el libro está estancado en la misma página. A veces se queda dentro de mi maleta largos periodos de tiempo.


jueves, 10 de octubre de 2013

Maullido

Alfen, el pueta
La cosa es así. El miércoles 09 estábamos en una de las tertulias literarias que hacemos con unos amigos. El tema era la Generación Beat. La idea era tener un panorama general de lo que pasaba en esa época, hablar de los principales escritores que formaron la escena, leer algunos poemas de ellos. Todo muy bien hasta que me puse un suéter de cuello de tortuga, una boina y unos lentes oscuros y comencé a hacer la caracterización, lo más paródica posible, de un poeta beatnik, con gestos, maneras y vocabulario que daba a entender que este poeta se creía lo más sofisticado y poético de la ciudad. Mientras leía sus "poemas", Alfen el "pueta" o "poetastro", soplaba de vez en cuando una harmónica para "acompañar" lo que iba leyendo, y contínuamente los acusaba de ser "cuadrados" y ajustados a la norma, entre otras cosas.

Creo que a mis compañeros no les gustó nada lo del poeta. Y los entiendo: se que exageré un poco la nota. Pero ya había decidido hacer el personaje, así que no me pude echar para atrás, si bien no llegué hasta las últimas consecuencias...

Mejor vamos al grano. Para la caracterización escribí una parodia del poema de Allen Ginsberg Aullido, más exactamente de la primera parte. La parodia no era ni pretendía ser algo bien hecho; lo tomé como una broma, como una muestra de lo que ese poeta fastidioso escribía. Tomé la estructura de esa primera parte de Aullido y la llené de referencias locales, de situaciones que bien habrían podido pasar en Ibagué o no haber pasado nunca en ningún lugar, y traté de hacer las frases lo más largas posibles para que se asemejaran a las del poema original. Antes de leer mi texto leí primero Aullido y luego, pasados varios minutos y luego de haber conversado un rato sobre varios temas, leí mi texto. 

Yo escribí eso como una broma, una payasada para mi personaje (que pretendía mostrar mi versión del estereotipo beatnik, la burla que los medios de comunicación gringos hicieron de todo aquel que tuviera afinidad con el fenómeno beat en los años 60). Pero a algunos les pareció que había muchas cosas que un ibaguereño o alguien que haya vivido mucho tiempo en esta pequeña ciudad reconocería. Algunos me dijeron que les había recordado un texto de hace siete años que se difundió por miles de correos y con el que muchos se sintieron identificados, y que no tendrá un valor literario como tal pero que sí es valioso por mostrar de forma vitalista todos esos aspectos de la ciudad que hacen que la disparidad de edades y condiciones sociales se difumine y exista un punto de encuentro en el que sonreímos todos, y en el que acaso un foráneo pueda tener un esbozo de mapa de costumbres e idiosincrasias con el que guiarse si alguna vez pasa por la ciudad musical.

Mi texto tampoco tiene pretensiones literarias, pero sí puede ser un nuevo punto de encuentro, uno al que se le pueden añadir nuevos encuentros, situaciones al límite o simplemente chascarrillos extensos que arranquen un par de sonrisas entre quienes lo lean. O no. Sencillamente dejaré el texto aquí y que cada quien piense lo que quiera.


domingo, 6 de octubre de 2013

Una carta a mí mismo

La siguiente es una transcripción de una carta que me escribí recientemente. No está fechada adrede, así que el único indicio que tendré en el futuro de una fecha aproximada será esta entrada. La carta fue escrita para un pequeño concurso de cartas de amor propio que se hizo en la tertulia a la que voy desde hace ocho años. Le hablé de la carta a Juan y éste me sugirió que la transcribiera, pues hay en ella un tema que me produce cierta ansiedad en mi actualidad; según Juan, al momento de escribir "la fuerza radica en la sinceridad" (dispensarán la cacofonía triple) y creo que en la carta hay algo de eso. Por eso decido transcribirla, más que para otros para mí, para encontrarme con ella en el futuro por si la versión original se pierde y así leerme y pensar un poco en todo lo que se gana, para la vida y la escritura cuando se escribe en estado de "desnudez". Y sacarme una sonrisa, una que espero muy amplia. 

En el momento de transcribir tenía los ánimos muy desgranados (suele pasarme los sábados desde hace años), pero por fortuna logré encontrar un poco de fuerza para obligarme a hacer el ejercicio de sentarme y pasar del papel a la pantalla esta carta. La transcripción intenta ser una reproducción exacta, sin correcciones de estilo (ni siquiera tildes) y anexando las palabras tachadas y las inclusiones de última hora. Así que ahí va.

La carta en papel ocupó dos hojas carta por ambos lados.
Como la mia lettera es enorme, la carta parece más extensa de lo que es en realidad.

jueves, 3 de octubre de 2013

Octubre 3

- Llevo varios días intentando distintos arranques de capítulo y no paso más allá del primer párrafo. Nada me convence, nada fluye por sí solo. Estoy en una curva de declive terrible. La próxima semana debo ir al taller y no tengo nada hecho, ni siquiera una idea, pocas ganas. Me cuesta mucho concentrarme.

Hoy estoy particularmente irritado. Me di cuenta ahora que estoy en clase. Verme rodeado de gente me pasmó, me llevó a la versión dura, silenciosa y odiosa de mí.

Alguien dijo: “No le conocemos la voz”. Me pidieron entonces que hablara y me rehusé. No tengo ganas, ni fuerzas, ni estímulos, más allá del fútbol. No me entusiasma nada.

Como se podrá ver, estoy escribiendo como la mierda.

Frente a mí está sentada N. Ese encanto irresistible que ejerce sobre mí sin proponérselo. Me pregunto si querría anular ese encanto, si me convendría más construir un cerco que me resguarde.

—¿De qué?

No sé decir. Simplemente, ver a alguien así me deprime, me subyuga, me hace sentir amenazado. Es como si el mundo estuviera a punto de romperse y el atractivo de alguien como N. fuera el último destello antes del quiebre definitivo, el último estertor, la última posibilidad, los huevos de la cucaracha antes de morir.

¿Por qué mi naturaleza es tan restrictiva? A veces pienso que la muerte será la única forma en la que purgaré mi condena. Pienso que debo esperar pacientemente, como un preso, a que esto termine. Suicidarse es hacer trampa: habría que empezar todo de nuevo, así que veo mi vida como una especie de condena. Hay que esperar, dejar que el tiempo ruede y me aplaste. Y así lo que escribo es una simple crónica de mis días de prisión.

Aunque a veces me resisto a esa condena, a esa crónica, a esas tareas tediosas de mi celda. Me escondo en el sueño. Duermo como un enfermo: doce horas, a veces más, y aún tengo más sueño después. Solo quiero dormir y ver fútbol. Lo demás pierde su importancia y su contorno.

Maldita sea, odio todo: a la gente, a la profesora de esta clase de mierda, esta ciudad, a N., a mí mismo, a Daniela, a la gorda escurrida que viene a esta clase, odio escribir, odio vivir así.

Amo a mi padre, amo a mi hermana, amo a Arsenal, amo mi soledad, amo escribir, amo tener dinero.

- Si N. me ignorara y me despreciara me haría las cosas mucho más fáciles, pero a veces se despide de mí, a pesar de que no la haya determinado en toda la clase. “Chau, Jeremías”, y con eso me fulmina. Sopla los pocos ladrillos que pongo.

Necesito ponerle una tapia a esa influencia en mi vida, para que no me afecte mi impotencia y mi incapacidad y mi pereza; para no decirme: “Mira, imbécil, lo que te pierdes”. De ese modo puedo seguir adelante. Si no, cada miércoles y cada jueves y cada vez que la vea se me van a convertir en una tortura. Así que ahí voy, poniendo un ladrillo sobre otro, con mucho esfuerzo porque me pesan, y ella llega cada tanto con su mirada y con su saludo, tan simple como eso, y los derriba. Me queda otra vez el panorama de ella, tan inalcanzable, tan incomprensible, tan llamativo.

Me gustaría nadar en ella, respirar sobre ella, escribir sobre ella, dibujarla, escucharla, olerla, saborearla, tocarla, vivirla, pero entre ella y yo se interpone un cerco invisible, impenetrable, de una naturaleza superior a mí.


Quizá se trata de eso. En el fondo, solo intento darle una forma material al muro con mis ladrillitos de silencio. 

miércoles, 2 de octubre de 2013

Observación de sábado

- En el colectivo 55 iba una pareja. Tendrían unos sesenta años. Ella hablaba con mucho entusiasmo, se la pasaba sonriendo. Parecía recién enamorada... quizás lo estaba. Enfocaba su mirada en él, pero no la mantenía fija. Recorría el rostro de él de arriba abajo, de un lado a otro. No giraba su cabeza ni nada; solo los ojos. Se movían como una máquina registradora en sentido horario. No se detenían. Sus ojos eran un frenesí pero solo abarcaban una cosa, a una sola persona: a él, cada imperfección, cada gesto, cada rasgo.

Esto tenía tanto de conmovedor como de enfermizo. Si me fijaran la vista así, me volvería loco; no podría aguantarlo.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Esbozo de mi vagancia

Lo que sigue es un relato que hice a propósito de algo que escuché mientras iba en un bus. No debe considerarse como un intento de cuento ni como un escrito con intenciones deliberadamente literarias. Es, acaso, un primer borrador, un disparador, que todavía necesita la forma de la esencia espiritual de lo vivido y el estribo de un punto de no retorno. No sé qué pueda salir de esto ni espero mucho al respecto. Quizá una novela corta, pero de ninguna manera un cuento porque soy absolutamente incapaz de eso. No tengo esa motricidad fina para armar un mecanismo tan preciso. La única verdad de este texto es que necesitaba escribirlo, verdaderamente, como un impulso incontenible —y eso generalmente es una buena señal—.

martes, 10 de septiembre de 2013

Los diez mandamientos de Werner Herzog (comentados)

Un amigo me pasó un artículo en el que el director Werner Herzog propone sus diez mandamientos para hacer cine. Yo no conozco su obra, no he visto ninguna de sus películas, pero no me hace falta eso para darme cuenta de que el tipo sabe de lo que habla. Seguramente sus trabajos tienen una gran calidad artística. La garantía que tengo al respecto es que sus diez mandamientos destilan una concepción clara de lo que implica y requiere cualquier forma de arte y que trasciende el ámbito del cine.



Dejo cada mandamiento con un comentario propio, que en realidad no tiene por qué interesarle a nadie y quizás solo sea relleno, de manera que si lo prefiere remítase solo a las citas de Herzog o vaya a la fuente directa:


viernes, 6 de septiembre de 2013

Sobre Raymond Carver

Creo que tengo que hablar de Carver, de lo que significa para mí, de lo que continuamente sigue marcándome cada vez que leo uno de sus cuentos o de sus ensayos (Nunca leí su poesía y la verdad temo hacerlo). Pero Carver con la prosa es un maestro, un tipo que sabe perfectamente como organizar y escoger las palabras para ir tejiendo una trama de lo que uno no se puede escapar.

Aun así, si alguien me preguntara que hace a Carver tan especial me vería en problemas, no son sus temas, que por demás, son sumamente minúsculos y cotidianos, quizás demasiado cotidianos. ¿Será que es eso? ¿La cotidianidad de sus situaciones? Yo diría que quizás tenga algo que ver pero que allí no radica su esencia, creo que hay algo en su forma de organizar las palabras, de construir sus personajes que trascienden todos los canones y denominaciones, hay en sus cuentos, un elemento que quizás podría atreverme a llamar místico, e insisto no es directamente por los temas que trata, creo que lo que quiero decir es que en la extrema simpleza con la que narra está la profundidad, está la armonía y la belleza de su obra, el increíble magnetismo con que te atrapa, la facilidad con que te pone en un estado sumamente espiritual y contemplativo. Cuando leo Carver el mundo con sus constantes paradojas es mucho más agradable, sus palabras me alejan de cualquier intento de acercarme a mecanismos de evasión como el alcohol o las drogas; Carver produce con sus palabras un estado autentico de bienestar psíquico y corporal que es difícil de explicar pero que para mí es tan verdadero como cualquier otra senda de iluminación.


Mientras escribía esto pensé que mis palabras podrían ser algo exageradas, pero realmente Carver invoca en mi fuerzas que pocos autores (muy pocos) logran. Esto no deja de ser curioso porque Carver no es el tipo de escritor que suelo leer, el tipo de literatura que más me importa. Pero no deja de sorprenderme una y otra vez, con o sin la mano de Gordon Lish . Quizás deba dejar de tenerle miedo a la poesía de Carver, pues sus cuentos no son solo misteriosos, nostálgicos y bellos, también son profundamente poéticos, puede ser que  ahí radique el inmenso poder al que me someto cada vez que abro uno de sus libros.

martes, 3 de septiembre de 2013

Malabarismo

Le escribí el siguiente texto a una amiga el 30 de julio de este año. Al ser algo de naturaleza ciertamente personal, dudaba un poco si compartirlo o no aquí. Pero qué diablos, siento que lo quiero compartir en estos pagos, no importa si es bueno o malo... es una reflexión, una manera de ver algunas cuestiones. Podrán quedar algunas cosas no muy claras, como la razón que me motivó a escribirle esto. Que queden esas dudas, qué le vamos a hacer, no tengo muchas ganas de explayarme sobre motivos y explicaciones. No es porque sea algo muy íntimo; digamos que no tendría mucho sentido detenerme a explicar el contexto o los motivos, creo que no serviría de nada y las dudas quizá seguirían. Yo mismo no se por qué le escribí esto. O quizá sí: quería transmitirle una idea concreta, mostrarle cómo entendía ciertas cosas de ella. Tal vez hubo algún sentimiento involucrado entre esas palabras. Y si es así, bueno... si alguien me pregunta le podría explicar, vía comentarios, qué pasaba por mi cabeza. Oferta, sospecho, que no encontrará eco (así como el mismo texto: nunca tuvo réplica de parte de ella, ni un comentario al respecto ni nada). Y es que a pesar de lo que dicen los contadores de visitas, tengo (tenemos, seguro) la impresión de que ya nadie nos lee...

Le hice algunos cambios, agregué algunas cosas, quité otras... pero en esencia es el texto que escribí. Un borrador de reflexión, al que luego podría volver.

Ahora que lo veo, esa es otra razón para subir este textico aquí. Creo que eso es bueno...

Ah, perdonen la pataleta. A veces pasa: entre más viejos, más niños.


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En Buenos Aires
Mi amiga haciendo malabares. Foto de Cristian Holzmann
Parece que en la vida tenemos que aprender, en algún momento, algo de malabarismo. Muchas veces todo nos llega al tiempo, a veces de una en una, a veces de diez en diez, a veces de mil en mil, da igual: de repente las cosas llegan todas juntas y no hay donde ponerlas, solo tenemos el aire, la mente que está en el aire, para alojarlas allí mientras vemos qué hacer con ellas. Pero esa repisa no servirá por mucho, y tendremos que recibirlas en las manos, atenderlas por unos instantes y seguir con otro asunto, y otro, y otro. A veces pareciera que no es suficiente, y se nos va acumulando el cielo de cosas, y no podemos ver el camino, y como que nos resbalamos... y sentimos que no podemos dejarnos caer. No solo es por las cosas que nos caerían encima, sino porque comenzar de nuevo se nos antoja como una tarea muy complicada. Y cada vez más.

Pero bueno. No tiene por que ser así.

Hace días vi a una amiga, a la que no veía hace mucho, haciendo malabares en la calle 11; yo estaba en un bus y le iba a gritar alguna frase de apoyo, pero decidí no hacerlo, no fuera que se desconcentrara y se le cayeran las clavas. Por desgracia se desconcentró igual y se le cayeron un par al suelo. Sin dejar de mirar al frente, paró un momento, recogió las clavas caídas y continuó como si nada. El bus arrancó y no la pude ver más, pero me quedó esa imagen de un par de segundos, y la he venido mascando. Y luego te escribí todo esto.

sábado, 31 de agosto de 2013

Quejas

Va a sonar a lo de siempre, pero ayer tenía una idea de lo que quería escribir para el blog. Tenía muchas cosas para decir pero como ya era muy tarde y mis papás se habrían inquietado si siguiera trasnochando, no bajé a teclear y publicar antes de que el cerebro se me comiera casi todo. Solo me queda un fragmento, una versión muy devastada de lo que quería decir; acaso no era nada importante. 

Sí, no se... ¿Qué cosa importante tengo para decir con todo lo que está pasando? El paro, la avanzada minera, la crisis, el desempleo, todas esas vainas. Y frente a eso sería algo irresponsable dedicarme a hablar de mí, de que me compré esto, de que no hice esto, de que por la noche me siento de muy bajos ánimos y esas cosas. O al menos siento eso, a veces lo siento así.

- Entonces deje de pendejear y dedíquese al periodismo, denuncie todos esos hechos, haga algo por su país y deje de quejarse.

Sí, podría ser. Pero no... tampoco sabría qué decir... si lo hiciera me llegaría pronto la impotencia más grande, de saber que mi esfuerzo no va a recibir eco, de que no va a cambiar nada si denuncio o no, a juzgar por las miles de denuncias que se hacen a diario por las atrocidades más grandes: ¿han hecho algo para cambiar? Poco o nada, así es...

- Eso no es tan cierto. Si la gente se hubiera quedado callada cuando los conflictos en Egipto o Siria, hubiera sido lamentable. Y sin embargo y a pesar de la situación adversa, se logró hacer algo, o al menos toda la injusticia no quedó totalmente impune. Sencillamente son ganas suyas de llorar, y nada más. 

Bueno, sí, también. Pero está el otro detalle, el que me parece más terrible, más de burgués si quiere: de repente me comienza a dar un desgano tremendo hacia lo que escribo, me aburre.

- Ah, ahí sí se jodió. Qué tristeza, que vergüenza hablar con usted. De repente también me comienza a dar un desgano tremennndo hacia lo que dice usted. Bah.

NO, espere, hablemos...

- Bah.

Espere, espere... tampoco es para tanto... además no le creo de a mucho...

- Uhmmm...