sábado, 13 de septiembre de 2014

Relatos salvajes

El único salvajismo de Relatos salvajes es el del director contra el espectador y contra sus personajes (sobre todo si no son de cierta clase). Lo que sigue tiene spoilers, y lo escribí a propósito de la gran cantidad de opiniones que he visto respecto a la película, tan encontradas como apasionadas, que me motivó a tomar una posición como alguien que está estudiando cómo construir una historia creíble, comprometida y eficaz. Cada número corresponde a un relato, en el orden en que aparecen:

1. Nunca terminé de tomarme en serio la historia del avión, y cuando estaba resignándome a dejar pasar su increíble cadena de "coincidencias" resultó un giro forzado, cuya única (mala) sorpresa es el guiño al atentado de hace trece años.

2. El que escribió el guion, en su empeño de ganarse la simpatía del espectador a punta de cosquillas, demuestra una enorme torpeza en este diálogo, que además sale en el trailer:

—Buenas noches, ¿uno solo?
—Veo que sos buena para las matemáticas [inserte risas de condescendencia aquí].

Asumamos que esa respuesta retrata la grosería del cliente. Sin embargo, lo que ocurre a continuación desvirtúa totalmente este diálogo: el hijo del cliente llega al restaurante. Por la forma en que lo recibe resulta evidente que estaba esperándolo. Así que eran dos. Mesa para dos. La pregunta de la mesera entonces no tenía la intrascendencia que el cliente quiso poner de manifiesto.

Esta es solo una falla puntual al servicio del gigantesco despropósito que motiva el crimen final. La mesera da un parlamento demasiado explicativo para dar a entender que ese cliente es un “hijo de puta”. La cocinera responde y se identifica con este supuesto drama de inmediato. Ni una pregunta. Le basta que la mesera se muestre un poquito alterada por un señor para sugerir un homicidio, que termina cometiendo desde un argumento más bien postizo, o demasiado abstracto para una asesina impulsiva. O quizás el problema es que no tenemos ni una sola pista de las motivaciones de esa mujer para creer que quiera matar a un cliente solo porque inquieta a su compañera de trabajo. El hecho de que haya estado en la cárcel por algún motivo no basta.

3. La historia de los dos conductores es, en medio de este desastre, lo más creíble. El conflicto se establece en una situación creíble y escala más o menos bien. Lo que dice el forense al final, en la escena del crimen, es otra de esas cosquillitas que solo dan rabia.

4. El problema del tipo de las bombas es que es un simple psicópata, que por lo visto tarde o temprano iba a terminar matando a alguien (así como la cocinera de 2). Esta historia es la más ridícula de todas porque pretende ser seria y acusar al “sistema” de injusticias más bien triviales. Cuando la gente se reía o aplaudía esto en el teatro me parecía que eran personas que creían que estaba bien cometer atentados terroristas por simple desquite contra la burocracia de las multas. La escena final de esta historia es absurda, patética, mal hecha, horrible, ridícula: el pináculo de la payasada y el momento en el que me di cuenta de que esta película era decididamente mala. La tensión establecida entre los personajes se va al diablo: la esposa, que se quería divorciar, termina llevándole torta de cumpleaños al tipo ¡en la cárcel! Y a medida que ella avanza en la sala de visitas o el comedor o lo que sea, los otros prisioneros vitorean y aplauden. Incluso los policías aplauden, y la hija —una niña como de doce años— va en medio de esto. Todos celebran y ensalzan a “Bombita”, quien aparece perturbadoramente feliz.

5. Oh, luego viene una historia de una tremenda atrocidad contra lo que este director debe considerar “gente inferior”. Un niño rico atropella a una embarazada (tenía que serlo para darle trascendencia al asunto, supongo) y se escapa. El padre, para evitarle el problema a la criatura, le sugiere al cuidador de su flamante mansión que se eche la culpa a cambio de un montón de plata. El protagonista debería ser el niño rico, pero no: el director decide prestarle atención al padre solo para hacer ver mal al sistema judicial y poner de relieve la codicia de los abogados.

Yo creo que alguien le dijo esto al director:

—Dale, la película se llama Relatos salvajes. Algo salvaje tiene que pasar.
—Ya sé. Hagamos que maten al cuidador en una escena rápida al final.

Sin embargo, pierden de vista que lo más salvaje es la visión utilitaria y denigrante que se hace sobre ese cuidador, quien accede porque de otro modo no habría historia.

Concedamos que hay un punto en el que el padre se da cuenta de que el hijo tiene que asumir la responsabilidad de sus actos, pero lo hace más por frustración con los que lo chantajean que por una base moral. La escena en la que el niño rico dice que se hace cargo del asunto parece sacada de una comedia.

Dirán que hay gente así, que piensa en sus empleados de esa forma, y sí, ¿pero es necesario hacer que la charada esa les salga bien y encima que el pobre cuidador se muera? ¿Eso no es como validar ese tipo de comportamiento? Y además, si no fuera por un botellazo o lo que sea que le sacan de la nada, ¿qué pitos toca esa historia en el contexto propuesto?

6. Ya se termina, gracias a Dios. La última historia parece irse al diablo solo por darle lugar al despliegue cómico de la actriz Érica Rivas. Esta señora actuó en la versión argentina de Married… with children y tuvo reconocimiento por su papel de Marcy (María Elena en la adaptación). En esta ocasión me parece que ella solo interpretó el mismo papel, pero dándoles rienda suelta a sus compulsiones violentas. La escena del techo del edificio involucra a un personaje traído de los pelos, y en el vodevil de histeria y arrebatos en el que consiste el matrimonio los personajes son simples invitados de cartón que reaccionan a conveniencia del director y de su manía de sacarle risas al público. Aquí sí que hace eso.

Ahora bien, esa última historia me hizo dudar sobre las pretensiones de este director, porque lo que al principio parecía moverse sobre cierta sobriedad termina derrapando en una pareja de novios que tienen sexo encima de un ponqué, por una salida más graciosa que trágica. Intuyo que ni él mismo lo sabe, o habrá pretendido hacer una cosa cómica con unas historias y otra en serio con otras, pero eso ni siquiera deja que uno tome una posición frente a la violencia que mueve a los personajes, que parece tan gratuita como exagerada y que creo que pierde al público incauto, porque este termina riéndose de cosas muy graves o pierde de vista las cosas pesadas que ponen en juego los personajes en sus arranques de locura. Lo que se presenta como una locura momentánea parece más bien una locura latente a la que la gente —al menos los que estaban ahí en la sala conmigo— responde con un agrado espantoso. Es como si estas personas complacieran una morbosa fantasía en la pantalla. Estoy seguro de que aquellos que la defienden validan en cierto grado alguna de las formas de violencia y crimen planteados, y eso habla más de ellos que del supuesto talento de un director de cine.

1 comentario:

  1. Para mí es una crítica sensata. No puedo decir más. Qué peliculita, caramba...

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