lunes, 26 de junio de 2017

Un feliz error

Ayer me sentía algo emocional. Mientras miraba las luces de la ciudad desde una oficina oscura, trataba de rastrear el último momento en el que había sido feliz. La respuesta estaba en el fútbol: jugarlo me distrae y me satisface, me da vigor y un propósito. Disfruto el cansancio posterior, el viaje de vuelta hasta mi casa, por lo general con alguna raspadura o algún golpe. Esa fue una felicidad íntima, solitaria, de un mes de antigüedad. ¿Pero cuál había sido la última vez que alguien me había hecho feliz?



Encontré la respuesta un año atrás. Cuando estaba en una oficina ajena, rodeado de geólogos y biólogos, tratando de darle forma a un libro sobre humedales, cuando el tiempo pasaba por encima como una sombra, recibía esos mensajes: «¿Dónde está?». Entonces el fastidio por meter correcciones y escuchar opiniones por enésima vez se disolvía. Todo cobraba sentido y color. Mi vida ya no estaba sola, porque si se extinguía en esa oficina había alguien al otro lado preguntándose por mí, buscando mi existencia, el calor de mis respuestas y mi atención. Estaba Lena.
Yo le daba cuenta de mis actos con gusto. Sonreía mientras alguien señalaba en un Macintosh que había que poner una coma o correr una cifra. Salía de ese lugar apenas me era posible y subía rápido las cinco cuadras de regreso hasta la oficina, cuando sabía que ella estaría ahí, aunque al entrar anulaba todo ese empuje y me sumergía en mi puesto y en más textos sobre humedales. No quería ser evidente ni intenso, mucho menos dar lugar a comentarios de otros, y eso me costó varios reclamos por mi aparente indiferencia. Pero a pesar de esa dureza, del orgullo y del tiempo, ahí quedan mis recuerdos, adornados con un broche. La cerveza de mi cumpleaños pasado, el par de almuerzos, la cena, su cumpleaños, su chocolatina «de quinceañera», su abrazo, y esos dulces e importantes «¿Dónde está?» fueron la última felicidad que recibí de manos y de actos de alguien más.
Hoy la llamé por error. Ya no era Lena, sino Sandra, la que me responde con «Saludos» donde antes ponía «Mua» y «Beso», la que existe en otra dimensión (el pasado para mí; el presente para ella, totalmente ajeno al mío), la que vive ya con otro hombre. El precio de no haber dicho, no haber hecho, no haber sido, es esa transformación, ese cambio de nombre. En mi celular está así: «Sandra», el mismo nombre hueco y formal de una cliente. Ya no hay Lena en mi vida. Si bien tras la duda y mi protocolaria forma de decir mi nombre y mi trabajo me contestó con un «Hola» familiar, nada hostil, noté que no quedaba nada ahí. Nada por rescatar ni por decir. Lena se había ido; solo quedaba Sandra, a la que se le cortó la llamada y lo remedió con uno de sus mensajes característicos: «Saludos».

Con el paso de las horas he llegado a la conclusión de que ese error, ese acto fallido, no lo fue tanto.

1 comentario:

  1. La felicidad es una pequeña parte efimera de nuestra vida, dividida en pequeños fragmentos esparcidos en distintas etapas de MI

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